24.05.2001 Los puentes del Cauca

En su paso por el valle el río no tuvo (por su ancho no podía) ningún puente similar al bellísimo de ladrillo y calicanto y formas mudéjares sobre el río Güengüé, cerca a la hacienda de Garciabajo, construido por la familia Olano, su propietaria a finales del XIX, o los Santander de Quilachao, y ni mucho menos como el del Humilladero de Popayán, soberbio allá o en cualquier parte del mundo. Pero sus puentes metálicos, de principios del XX, son uno de los mayores y más importantes ejemplos del patrimonio construido de la región. Estas estructuras importadas y armadas por ingenieros, la mayoría de las veces extranjeros, permitieron unir eficientemente las dos bandas del río e impulsar el progreso de la región. Que este se confundiera con la casi total devastación de sus guaduales, montes y fauna, y la peligrosa reducción de sus aguas, no fue culpa de los puentes sino de la codicia, el facilismo y la miopía de los vallecaucanos.

Memorable es el puente del ferrocarril, inaugurado en 1916, que giraba sobre su centro para dar paso a los vapores que navegaban el río; o el de Juanchito, con su tablero de sonoros cuartones de madera y estrechas "huellas" de tablas desclavadas por el paso de los vehículos, que en los inviernos fuertes quedaba como "flotando" en medio de la creciente y sin uso, hasta que con la Salvajina se pudieron controlar las inundaciones periódicas del valle y quedaron sin oficio las canoas que pasaban productos campesinos y gentes de un lado al otro del río. O el de la Virginia, de similar construcción, afortunadamente habilitado hace un par de décadas como paso peatonal y ejemplo de lo que se podría haber hecho con muchos de ellos. También era posible desarmarlos y ponerlos en otras partes en donde pudieran seguir sirviendo. O, por que no, complemetarlos con otras construcciones con fines recreacionales y turísticos.

Pero los puentes metálicos están en vías de extinción: del de Juanchito solo quedan las ruinas de sus pilas rodeadas de tugurios, y nada queda hoy del que unía a Tuluá con Riofrío; hace seis meses los chatarreros, gallinazos de las latas, lo desmantelaron hasta su completa desaparición y se llevaron sus partes ante la indiferencia de las autoridades y la opinión. En este extraño país lo que está sin uso parece ser que es del primero que le eche mano, precisamente lo que en otras partes se suele denominar robo. Como lo es, de otra manera, la abulia oficial y el autismo ciudadano.

Ya ni siquiera pueden ser estudiados. Si acaso quedarán sus fotografías. Jorge Galindo arquitecto de la Universidad del Valle, y ahora profesor en la Nacional de Manizales, aspiró a una beca de investigación del Ministerio de Cultura para realizar un exhaustivo estudio de estos puentes; y la ganó pero no se la pueden dar a profesores de universidades públicas pues la oficina jurídica del ministerio aduce que son empleados estatales y por lo tanto no pueden contratar con el Ministerio. Ignoran burocráticamente que una investigación demanda gastos distintos al sueldo del investigador. Por su parte la oficina de estímulos, responsable de las becas, asume una actitud pasiva y negligente y se limita a declarar desiertas muchas becas o a cederlas a otros candidatos cuyas propuestas no fueron las mejor valoradas.

Pero lo más grave del asunto es que los nuevos puentes de concreto estructural que hoy cruzan el Cauca se destacan por su total ausencia de diseño: son simples "tablas" puestas normales al río, para economizar, dejando de lado las conveniencias de las vías e ignorando totalmente su aspecto paisajístico y ecológico, como fue el caso de la laguna de Sonso; sería pedir peras al olmo con el agravante de que aquí no hay ni las unas ni los otros. Es que muchos ingenieros nacionales siguen pensando que los puentes son para pasar al otro lado del río y no para enaltecerlo embelleciendo su paisaje y dignificando su paso. Por eso en los países civilizados los puentes importantes los diseñan nuevamente renombrados arquitectos, o ingenieros que lo son de hecho. Pero para llegar a eso, aquí, habría que empezar por estudiar nuestros viejos puentes antes de que no quede ni uno.

Columna publicada en el diario El País de Cali. 24.05.2001