25.10.2014 Sonidos y ruido

Los diferentes suelos suenan distinto al caminar por ellos, y en los recintos cerrados los sonidos son opuestos a los de los patios donde además cambian del día a la noche. Así contribuyen a caracterizar los diversos ambientes de un edificio; y por supuesto varían al estar en ellos o al recórrelos uno tras otro, reforzando o no las emociones generadas por las formas, colores y texturas de los muros, o produciéndolas por si mismos.

En la naturaleza existen sonidos de diferentes fuentes y sus características de frecuencia (altura), intensidad (fuerza), forma de la onda (timbre) y envolvente (modulación) los hacen inconfundibles. Por ejemplo, el suave correr del agua por una acequia tiene las mismas características que la caída del agua en una catarata  pero la intensidad de esta es muchísimo mayor llegando a ser ensordecedora.

El volumen es la percepción subjetiva que se tiene de la potencia de un sonido, y no hay que confundirlo con su sonoridad. Su manejo en los edificios y espacios urbanos, privados como públicos, es importante pues de el depende el papel de los sonidos en las emociones que brinda la arquitectura, y por ende la escogencia de las fuentes que lo van a originar, como las que se deben paliar, o evitar totalmente por su ruido desagradable.

El eco, por su parte, es producido cuando una onda acústica se refleja y regresa hacia su emisor. Pero es necesario que supere la persistencia acústica, en caso contrario el cerebro interpreta el sonido emitido y el reflejado como un mismo sonido, y si ha sido deformado hasta hacerse irreconocible se denomina reverberación en vez de eco. Una maravilla en una catedral pero un problema en un aeropuerto por ejemplo.

Se debe a que la trayectoria del sonido reflejado es más larga que la del directo, que se escucha primero y después las primeras reflexiones, cada vez de menor intensidad pero que el cerebro integra en una suma total del sonido que llega al  oyente. Es una "cola sonora" del sonido original, y depende de la distancia entre el oyente y la fuente sonora y las superficies que reflejan el sonido como las de los objetos que encuentre en su recorrido.

La resonancia, por lo contrario, se produce cuando dos cuerpos tienen la misma frecuencia de vibración, y uno empieza a vibrar al recibir las ondas sonoras emitidas por el otro, ocasionando que las frecuencias se refuerzan y en consecuencia aumente la intensidad del sonido, lo que lo puede convertir en ruido. De ahí que hay que evitar que las superficies de los recintos cerrados presenten las mismas densidades sobre todo si son paralelas.

Finalmente, el ruido es todo lo que es molesto para el oído o sencillamente todo sonido no deseado: la más excelsa música puede ser calificada como ruido por su volumen muy alto, que interfiere la comunicación entre las personas o en sus actividades, o simplemente que en cierto momento no se desee oírla; o que sea maravillosa sólo para unos.

La contaminación acústica puede resultar incluso perjudicial para la salud al provocar estrés, alteración del sueño, disminución de la atención, depresión, falta de rendimiento o agresividad, y hasta la sordera. En Cali, donde se confunde la algarabía con la alegría, el ruido ajeno es omnipresente; menos mal que ya se está aprendiendo a exigir su control, como lo han demostrado los vecinos de San Antonio y Juananbú.

Columna publicada en el semanario virtual caliescribe.com. 25.10.2014

16.10.2014 Ciudades y personas

Ya comenzaron a decir que los animales son personas no humanas, pues
(supuestamente) los seres humanos son Homo sapiens (del latín «homo»,
«hombre», y «sapiens», «sabio»), pero falta hablar de los humanos que
no son personas, como esas contestadoras que hablan pero a las que no
les puede decir nada, apenas obedecer y oprimir los botones de ese
otro humano no persona que es el teléfono.

Pero sobre todo habría que hablar mas a fondo de que pasa con esos
humanos que son malas personas, y que acaparan la curiosidad morbosa
de la gente pues son como otra especie de primate; al fin y al cabo
también cuentan con cinco dedos, un patrón dental común, y una
primitiva (no especializada) adaptación corporal.

Por ejemplo, lo más leído en días pasados fue que la casa donde se
perpetró la masacre de ocho mas en el sur era alquilada para eventos
sociales; que dos personas mas fueron muertas tras un ataque sicarial
(sic) en San Fernando; que murió la mujer apuñalada por su ex pareja
en el nororiente de la ciudad (con foto a color y todo); y que se
presentaron cinco asesinatos en menos de seis horas ese lunes.

El hecho es que casi todo pasa en las ciudades (en Cali 11 asesinatos
en un fin de semana pues en los festivos las muertes corren por cuenta
de los accidentes causados por choferes poco humanos) o se decide en
ellas (la masacre, por ejemplo) pero a la mayoría de las personas
(humanas) apenas les interesa lo que pasa y lo mas escandaloso por lo
visto.

Pocos ven el entorno en donde pasa (la casa donde se perpetro la
masacre, por ejemplo, muy falsa por cierto, o la invasión de edificios
de apartamentos desocupados del sur o la “feúra” del nororiente de la
ciudad). Casi nadie ya ve la ciudad como si fueran personajes del
Ensaio sobre a cegueira, 1995, el libro de José Saramago.

No ven que mas que resolver necesidades son para que los humanos (y no
humanos, como los perros que son mas humanos que muchas personas
inhumanas) puedan vivir bien, como ya pensaba Aristóteles pues
consideraba que el ser humano es un animal social que vive con otros y
sólo puede alcanzar la justicia y el bien común a través del dialogo y
la deliberación (como la paz si hubiera humanos a los dos lados de la
mesa).

Es decir que la calidad de vida depende de las ciudades en tanto
artefactos (por eso los diálogos se hacen mejor en la Habana que en el
Caguán), y no apenas de lo que pasa en ellas, y en Cali desde luego
pasan muchas otras cosas aparte de masacres, secuestros, asesinatos y
crímenes pasionales de malas personas que sólo son animales y que
perdonen los animales.

Por ejemplo cada vez mas personas se relacionan animadamente en bares,
cafés, cafeterías y restaurantes, lo que, como dice el economista
Edward Glaser (El triunfo de las ciudades, 2011) es imprescindible
para que las ciudades prosperen, al permitir que las personas sean mas
humanas y colaboren unas con otras.

Sólo falta que los caleños (ya mas humanos) se ocupen menos de los
carros (muchos son como de malas personas) cuya propaganda llena el
otro medio periódico, y se preocupen mas de sus andenes, plazas,
parques, y espacios para la cultura, el espectáculo y el deporte.
Mientras no exista otra forma de vida inteligente en el universo, no
queda mas que tratar de serlo pues estamos acabando con la ciudad como
si fuéramos brutos.

Columna publicada en el diario El País de Cali. 16.10.2014