10.09.2016 ¿Algo es algo?

"El presidente tiene la facultad de redactar la pregunta que se le dé la gana" dijo el Presidente en Caracol Radio, y pregunta el plebiscito: ¿Apoya usted el acuerdo final para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera? Evidentemente no es una pregunta sencilla ni clara, como sostiene el Presidente, pues se puede estar en contra del Acuerdo precisamente por querer la paz. El plebiscito es sobre el Acuerdo no sobre la paz, pues ¿quién no la prefiere aparte de los que negocian con armas? Porque otra cosa son los que buscan que los dejen en paz para seguir con sus muy rentables negocios ilegales y violentos.

El caso es que, al contrario de la premisa que plantea William Ospina (El Espectador 15/04/2016), quien afirma que “si hubo una guerra, todos delinquieron, todos cometieron crímenes, todos profanaron la condición humana, todos se envilecieron”, lo que parece evidente es que se trata de simple carencia de justicia (la gran mayoría de los colombianos no ha secuestrado, ni asesinado, ni hecho terrorismo) y de la corrupción que su ausencia genera, pues como cojea tanto tarda mucho o no llega. Como señala el abogado Fabio Humar (El País, Cali 23/06/2016) “no nos gusta aplicar la ley”; se acata pero no se cumple, se repite aquí desde la Colonia.

Si gana el SI, los votos por el NO serán un llamado de atención a la fiscalización de la puesta en práctica de lo acordado; pero si gana se podrá lograr un acuerdo mejor, sin tantos “sapos” ni “micos”, o las FARC volverán a sus andadas, como ya lo anunciaron, dejando en claro, ojala de una vez por todas, que las críticas al Acuerdo no son infundadas, y en las que ahondan Mauricio Vargas (El Tiempo 04/09/201016), Javier Ortiz (El Espectador (04/09/2016) y Luis Guillermo Restrepo y Rafael Nieto Loaiza (El País, 04/09/2016). Hay que pensarlo antes de votar con el deseo, pues peor que la “guerra”, que ni siquiera lo es de verdad, es una paz de mentiras, y por supuesto es prudente preguntarse si bastará con quitarles la armas a las FARC como concluye Antonio Caballero (Semana 04/09/2016).

Sobre todo qué será menos malo para las ciudades, de las que nada se dice en un Acuerdo que pretende abarcar todo el país. Un país que ha cambiado diametralmente desde que se inició la Violencia a mediados del siglo pasado, cuando la mayoría de los colombianos vivían en el campo, pero que hoy es justamente lo contrario: la mayoría viven en las ciudades. Será que, como decía Cicerón (107 a. C-43 a. C): "Tal y como son los que se dedican a la cosa pública así suelen ser los demás ciudadanos", porque lo grave es que unos y otros se han olvidado del campo, lo que se facilita en un país cuya historia ha estado tan dividida por su geografía.

En palabras del “forista” cuentosdeaguablanca (El (des) Acuerdo, El País 01/09/2016) “somos los mas alejados de la guerra y sus efectos quienes vamos a decidir si ella continua o no”. Y aunque no es una guerra propiamente dicha (la forma más grave de conflicto socio-político entre dos o más grupos humanos), es peor vivir por años en medio de una lucha que primero fue una revuelta subversiva que llevó al paramilitarismo y ahora está mezclada con la violencia que genera el narcotráfico, el temor es que el Acuerdo engendre mas conflictos. Pensaba Trotsky que “el fin puede justificar los medios en la medida en que exista algo que justifique el fin” y en este caso es la paz; “algo es algo” se suele repetir, pero ¿cual paz?

Artículo publicado en la revista virtual caliescribe.com. 10.09.2016 

01.09.2016 El (des) Acuerdo

Los que no lo lean completo, que lean a Mauricio Vargas que ya lo leyó (El Tiempo 28/08/2016) y advierte que mientras que “algunos de los peores criminales” van a librarse de la cárcel y terminen en el Congreso o en cargos de elección, las equivocaciones de un funcionario -o de un médico- son vistas como delitos y condenados a muchos años de cárcel. “Si es verdad que un castigo ejemplar disuade el delito, el perdón ejemplar lo estimula”, concluye. Y está la ambivalencia con los militares y policías. Como dice Marta Lucía Ramírez “esas 297 páginas que cambian la Constitución con la colaboración de las Farc merecen mucho análisis” (Semana 28/08/2016).
Tanta retórica, tantas páginas, tanto articulado, tantos incisos, tantas siglas, como ha señalado Carlos Jiménez (El País 25/08/2016), en lo que coincide Mauricio Pombo (El Tiempo 30/08/2016) enredarán aún más la justicia y propiciarán más corrupción, la que señala con razón Demetrio Arabia como el principal mal de este país (El País 29/08/2016). Culpables, precisamente, de que no se supere la desigualdad económica ni la discriminación social que hace más de medio siglo generaron la subversión campesina que después tomaría el nombre de Farc, pero que hace décadas se entregaron al secuestro, las vacunas, el terrorismo y cada vez más al narcotráfico.
¡Punto final a la guerra con las Farc! titula El País (26/08/2016) y lo dice casi todo: que los dejarán en paz para que sigan con el narcotráfico y la minería ilegal, que defenderán con las armas que no entreguen (hace un tiempo uno de sus frentes ya lo anunció) y con cuyas ‘ganancias’ comprarán votos para hacer política. Populista por supuesto, cuyos resultados son peores que los del neoliberalismo. Asuntos que apenas se podrán comprobar, o no, más adelante, y por tanto es ingenuo no considerarlos y votar en el plebiscito con sólo el deseo. O será que como afirma Chris Stone, presidente de Open Society “la cárcel no es la única alternativa a la impunidad” (El Espectador 27/08/2016).
Y Antonio Caballero recuerda que “ahí siguen ellos [el ELN] en su camino sin salida: sin otro propósito que el de seguir ahí. Encerrados en su convicción fanática, ajena a toda razón histórica, de que la paz es una derrota [pues] están convencidos de que la guerra es buena en si misma, independientemente de sus resultados” (Semana 28/08/2016). Pero también cabría preguntar si la paz es buena independientemente de sus resultados. De la Paz de Aquisgrán de 1748, que tanto le costó a Francia, les quedó el dicho “Bête comme la paix” y aquí, en esta mal llamada guerra, “bête” puede ser más que “tonto”.
“Este acuerdo nos da la oportunidad de construir un país mejor” afirma el Presidente. Mas nada de las ciudades, donde vive el 75% de los que van a votar, o no, pero donde todos tendrán que financiar con sus impuestos, directos o indirectos, lo acordado. Se entiende de las Farc, tan alejadas de las ciudades, no del Gobierno, que no sale de ellas, pero permite que lo privado prime sobre lo público. Sin embargo, como titula Semana: “El fin de la guerra con las Farc no es la paz total, pero es un paso enorme hacia ella”. Ojalá, pues, como acierta Jiménez, aquí se cree que “los problemas […] se resuelven exclusivamente legislando [y] la ley se obedece pero no se cumple”. Es el turno de la gente, llama Luis Guillermo Restrepo (El País 27/08/2016) pero como dice Héctor Abad “una de las cosas más difíciles […] es aprender a confiar” (El Espectador 27/08/2016).
Columna publicada en el diario El País de Cali. 01.09.2016