Columna publicada en el diario El País de Cali. 08.11.2001
08.11.2001 Otra queja
Dice
el famoso columnista inglés Paul Johnson (Al diablo con Picasso ) que en las
columnas de opinión no se deben tratar intimidades ni problemas personales y
que solo muy de vez en cuando es pertinente decir algunas cosas del autor. Sin
embargo a veces sí que es necesario decir algo de las columnas.
No
suelo comprobar lo que sale en el periódico con lo que mando, aunque siempre
miro por encima lo publicado y a veces hasta lo leo. Pero el jueves pasado
saltaba a la vista que mis cuatro sólidos párrafos habían sido convertidos en
doce parrafitos y, leyendo detenidamente, encontré que además eliminaron unas
comas y pusieron otras. No fue un problema de transcripción pues las columnas
las mando por e.mail. No creo que lo hicieran para llenar espacio pues mi
escrito era similar en extensión a los que siempre mando. En otra ocasión,
hablando de la suerte de Bogotá de haber tenido tres buenos alcaldes
consecutivos, me quitaron el segundo Mockus de mi Mockus, Peñalosa, Mockus. Y
así. No obstante debo reconocer que en alguna oportunidad me arreglaron una
oración desafortunada, y que me mejoran la ortografía pese a que cuidadosamente
corrijo mis columnas con el computador y que siempre alguien me las lee en voz
alta y me ayuda con su puesta a punto antes de mandarlas.
Claro
que he cometido errores, no sólo de ortografía, sino, más grave, de
información. Pero lectores acuciosos se han encargado de hacérmelos ver, con lo
cual los he podido corregir para cuando me decida a sacar mis textos agrupados
por temas en un libro que considero sería útil. Todo lo que digamos sobre las ciudades
es importante pues ya casi el 80% de los colombianos vivimos en ellas (no me he
cansado de repetirlo aquí), y muy recientemente, y en esto reside buena parte
de los problemas actuales del país, y no sólo los de su arquitectura y
urbanismo, muy descuidados por lo demás. Resulta sorprendente que ciertos
conflictos de convivencia ciudadana, que incluso llevan a la muerte a muchas
personas, como lo son los del tráfico y el transporte, no sean vinculados a las
fallas en la concepción urbano-arquitectónica de nuestras ciudades. Mi columna
es, pues, sobre los edificios, las ciudades y las regiones en tanto que
artefactos y su relación con los que los usan; y aunque centrada en Cali, también
toca otras ciudades y regiones. Igualmente me he ocupado de otras cosas pero
siempre relacionadas con estos temas o me las ingenio para que así sea. Como
ahora. Son asuntos que me apasionan y sobre los que me informo permanentemente
estudiando, leyendo y viajando.
Aparte
de una columna que no se si sigue saliendo en La Patria de Manizales, promovida
por la seccional de allá de la Sociedad Colombiana de Arquitectos, y de la muy
buena del arquitecto Alberto Saldarriaga, hace unos años en El Espectador, no
se de otras similares en Colombia. Al parecer estos asuntos no les interesan a
los medios colombianos pese a que si a los ciudadanos y a que hay páginas
enteras permanentes dedicadas a ellos en otras partes. En el País de Madrid se
destacan los artículos de Luis Fernadez-Galeano, los que alguna vez traté de
reproducir en la revista Vivir de este periódico, antes de que desapareciera.
Tal vez de ese intento quedó esta columna, la que muy amablemente me invitó a
escribir Francisco José Lloreda Mera cuando era director, precisamente para que
hablara de la ciudad y la región. Al principio fue quincenal pero desde hace
poco es semanal. Ya van 115.
Como
dice Johnson, escribir una columna es uno de los grandes privilegios de la
vida. Y en este país es además reconfortante: una especie de contrarealidad.
Por eso muchos lo hacemos con mucho gusto pese a lo poco del pago. Pero así
como se espera que sean los columnistas los únicos responsables de lo que
dicen, que nos dejen ser responsables de cómo lo escribimos; al fin y al cabo
si hay un problema grave, pues hay tiempo de consultarlo; para eso se mandan
los textos con suficiente antelación. Espero que esta vez, y en adelante, me
dejen mi puntuación y mis párrafos tranquilos. Pero gracias por seguir
vigilándome la ortografía.
Columna publicada en el diario El País de Cali. 08.11.2001
Columna publicada en el diario El País de Cali. 08.11.2001
01.11.2001 El descuaderne
Cuando aparece un hueco y pasan días sin que lo
arreglen, un particular pala en mano lo medio tapa y pide su correspondiente
retribución a los conductores; a veces también usa la pala para exigirla.
Cuando un semáforo se daña, un particular, pito en mano, o sin él, se encarga
de ordenar el tráfico y cobra a los automovilistas. Desempleadas
"barren" las calles y pretenden que les paguen por ello. Ante la
indiferencia criminal de las autoridades, la comunidad hecha mano a su bolsillo
y pone barreras de tierra en los cruces peligrosos para evitar más accidentes
mortales. Cualquiera "prohibe" estacionar frente a su almacén y se
apropia del antejardín para volverlo su parqueadero "exclusivo". Si
se pide permiso dicen siempre que no, pero sin permiso todo se hace. Nadie paga
pero es difícil pagar. Como el Estado roba a la gente, la gente lo roba. Los
políticos lo son poco pero en cambio son muy corruptos. Hay un cuidador de
carros por cada carro pero se los roban cada vez más. Como poco se cogen los
ladrones, en los barrios ponen escandalosas sirenas y los cazan y castigan
fuertemente. En fin, se arman autodefensas.
06.09.2001 ¿Accidentes?
Tal
parece (Semana, agosto 27 de 2001) que cada 2.5 minutos hay un accidente de
tránsito en el país, cada 9.9 un herido en ellos y cada 69 un muerto; mas de la
mitad de los conductores involucrados y casi la mitad de los peatones han
ingerido previamente alcohol. Mientras en Inglaterra o Alemania hay unos 25
accidentes por cada 100.000 vehículos, en Estados Unidos casi 50 y en Argentina
poco más de 100, en Colombia hay casi 300. Es decir que los de aquí, por
imprecisos los datos, como suelen ser, no son propiamente accidentes de
tránsito.
Por
supuesto estos datos no se manejan: simplemente se ha criminalizado el consumo
de estas drogas basándose en actitudes moralistas e informaciones parciales o
incompletas o erradas o tergiversadas (The Economist: The case for legalising
drugs , julio 28 de 2001). Y se mantiene su criminalización, aquí y en Estados
Unidos, por la presión de todos los que se benefician directa o indirectamente,
allá y aquí, de las grandes ganancias que da justamente su interdicción. Y por
la inercia de una opinión pública pacata, desorientada, apática y facilista,
que en Colombia, con toda seguridad, solo aceptará la legalización cuando venga
de Estados Unidos, y por eso este tópico se ha vuelto otra disculpa: como no se
puede tomar aquí una decisión unilateral pues entonces hay que ponerse
incondicionalmente del lado de la prohibición. Disculpa para no pensar, no
opinar y, en últimas, no actuar.
Si
los que creen que hay que prohibir y perseguir como una acción criminal el
consumo de unas drogas que matan muchísimos menos colombianos que el alcohol o
la nicotina (y que la guerra en su contra) fueran consecuentes, tendrían que
dejar de beber y fumar y abogar por su criminalización, cosa que por supuesto
(y afortunadamente) no harán. Seguramente no saben tampoco que los teléfonos
celulares en los carros causan muchos accidentes, lo que cualquiera entiende
que no es razón para criminalizarlos, pero sí su uso indebido, precisamente,
como se hace en muchas partes. Igual pasa con la proliferación de vallas, que
distraen peligrosamente a los conductores, o tapan calzadas y andenes como es
el caso de Cali.
Por
eso tenemos que presionar para que se persiga y castigue fuertemente a los que
manejan borrachos, o drogados con otras drogas o hablando por celular, y para
que el Estado se tome en serio los problemas de circulación y tránsito en el
país. Nunca se dice que, incluyendo muchos en los que están involucradas
personas alicoradas, la mayoría de los accidentes están en parte o totalmente
causados por la indisciplina de los colombianos que no obedecen normas ni
señalizaciones o por que estas son antitécnicas, obsoletas o simplemente no
existen, lo que incita a que no se obedezcan las que si se ponen. Y ni hablar
del mal estado de vías y vehículos.
En
Colombia nadie -borracho, o no- para en los "pares". Como si fueran
señales de "ceda el paso", que curiosamente son escasas, no hacen el
"full stop" que indica esa señal, más faltaba, sino que medio se
detienen y para peor de males lo hacen después del "pare" -muchas veces
mal colocado-, en donde proceden a amenazar, vivos y osados que somos, con
arrancar intempestivamente para ver quien se asusta y sede su derecho al paso
-y a la vida-; y así. No hay un solo semáforo en Colombia, hay que repetirlo,
que no se lo pase alguien en rojo o que al menos lo intente. Es fácilmente
comprobable. ¿Cuándo los candidatos hablarán también de los heridos y muertos
en "accidentes" en las calles y carreteras de Colombia?
Columna publicada en el diario El País de Cali. 06.09.2001
Se
deben a un Estado que poca atención les pone a estos "accidentes" no
obstante a que el año pasado mataron 6.551 colombianos, es decir, casi cuatro
veces más que los 1.403 muertos en el mismo lapso en una guerra que subsiste en
gran parte gracias al gran negocio que significa la criminalización de drogas
distintas al alcohol, y que se hace, más que contra la subversión -pues poco
queda de ella como tal-, contra el narcotráfico. Pero ¿cuántas personas bajo
los efectos de la marihuana o la cocaína o la heroína o el éxtasis están
involucradas en los accidentes de tránsito? ¿Cómo afectan estas dogas su
capacidad neurológica, motriz o auditiva, o su visión periférica? ¿Provocan
somnolencia o agresividad? ¿Se conocen datos?
Columna publicada en el diario El País de Cali. 06.09.2001
30.08.2001 Desplazados
Uno
de los más preocupantes efectos del conflicto armado en Colombia -que no es
solamente colombiano- son esos miles de campesinos que llegan abruptamente a
las ciudades, en donde se suman a ese casi 60% que en el último medio siglo
dejaron el campo, ruralizandolas y engrosando en ellas las filas de
subempleados, desempleados y delincuentes comunes. Y no es solamente colombiano
pues el propósito inútil de impedir el narcotráfico, impuesto por Estados
Unidos, no solo desbocó la corrupción en el país y provocó la aparición de los
paramilitares, sino que ayudo a la continuidad de la guerrilla, a la que sus
enormes ganancias por participar en el, de una manera u otra, le han dado un
segundo aire.
Parte
de la solución del problema es la legalización como se ha repetido una vez mas,
ésta vez, y muy duro, por The Economist (The case for legalising drugs,
28.07.2001), bajo dos argumentos contundentes: el derecho de los individuos a
hacer con su cuerpo lo que quieran, mientras no le causen daño a otros, y el fracaso
del Gobierno de Estados Unidos (donde solo el 6 % de la población mundial
consume más del 50% de las drogas) en impedir, justamente, que su consumo le
haga daño a otros, no solamente a sus propios nacionales sino también -y de que
manera- a los colombianos, mexicanos, bolivianos, peruanos, afganistanos etc.
pese a que las autoridades norteamericanas, del Presidente para abajo, por fin
han reconocido públicamente que su demanda interna, más que la oferta externa,
es la que fomenta el narcotráfico.
En
Holanda y Suiza, y últimamente en Canadá y Portugal, siguiendo una tendencia
hacia su descriminalización (Europe goes to pot, Time, 20.08.2001) la
drogadicción es tratada con éxito no como un problema de orden público, como
aquí sin éxito, sino de salud pública, similar al tabaquismo y el alcoholismo.
Si no se han legalizado las drogas que aun no lo están, como la cocaína y la
heroína, derogando las leyes que obligan a perseguirlas, es por el moralismo y
porque los bancos norteamericanos, en los que se mueven las enormes ganancias
que produce su prohibición, lo ha impedido hasta ahora, como lo ha denunciando
Antonio Caballero hace años.
Su
legalización es crucial no solo para la paz del país, al reducirse
drásticamente la financiación de la guerrilla, sino para los drogadictos
norteamericanos a los que, en lugar de meter a sus proveedores a la cárcel,
seria posible ayudarlos médicamente, como se hace con los alcohólicos.
Quedarían eso si nuestros muertos; y los desplazados, que difícilmente
regresarán al campo, por lo que mas que una reforma agraria, como se pensaba
hace medio siglo, lo que se necesita ahora es una reforma urbana, pues demandan
urgentemente ciudad, vivienda y transporte público, y educación para que puedan
usarlos mejor, y para que aprendan a votar, evitando a los políticos corruptos,
y a hacer planificación familiar. Y precisan trabajo.
Pero
las posibilidades de nuevos empleos están comprometidas por la guerra como
nunca antes. Y también por la miopía y la codicia, como la de esos que querían
convertir una de las bellas bahías del Parque Tayrona en un puerto carbonero,
nada menos. Pero sobre todo están amenazadas las posibilidades que para el
turismo representan justamente los paisajes, climas y biodiversidad del país,
especialmente en sus dos costas (hacia donde, entre otras cosas, se esta
desplazando la población colombiana) y por supuesto la ventaja tan cacareada de
su localización privilegiada. Es un hecho que este tipo de demanda turística es
cada vez mayor en el mundo, como lo comprueban los viajeros que pese a todo
siguen buscando aquí lo que ya no se consigue en otras partes, y los que
insistimos en quedarnos.
Un
mundo posmoderno, super poblado, urbanizado y globalizado, nos guste o no, con
todas las ventajas (para aprovechar) y desventajas (para combatir) que esto
implica, en el que la guerra ha pasado a ser una manera obsoleta de hacer
política y las drogas un tema común. Pero esa es la tragedia de este país:
somos aún en muchos aspectos una sociedad premoderna, tanto del lado de la
subversión, o lo que queda de ella como tal, como del Estado, débil y sometido
desde su inicio.
Columna publicada en el diario El País de Cali. 30.08.2001
Columna publicada en el diario El País de Cali. 30.08.2001
09.08.2001 La casa
Columna publicada en el diario El País de Cali. 09.08.2001
12.07.2001 Las ciudades y la economía
Jean-Jacques
Rousseau, que simplemente no las quería, afirmaba en 1762 que las grandes
ciudades son las que exprimen el Estado y causan sus pesadillas: "la
riqueza que ellas crean es aparente e ilusoria". Muchos le creyeron, pero
al parecer el crecimiento de las ciudades, que están hoy resurgiendo por todas
partes, desafía todos los intentos de limitarlo y es económicamente saludable y
culturalmente benéfico tanto en los países desarrollados como en los en
desarrollo. Tal parece que en siglo XXI la unidad más relevante de producción
económica, organización social y generación de conocimientos será la ciudad,
tanto si son viejas como recientes. Los estados nacionales seden terreno frente
a las regiones y estas frente a sus polos urbanos; y el patriotismo dogmático
frente a la pluralidad y lo cosmopolita.
El
aumento de la población no es por supuesto la misma cosa que el desarrollo
económico. La concentración de pobreza y problemas en las ciudades de Estados
Unidos, un país que avanza rápidamente en la era posindustrial, lo confirma. De
otro lado, las comunicaciones modernas disminuyeron la ventaja más obvia de las
ciudades cual es la proximidad física de sus habitantes. Pero el hecho es que
las ciudades no solamente están aumentando de población sino en importancia
económica. En los países en desarrollo participan de una cantidad cada vez
mayor del ingreso nacional, llegando a aumentar su participación a una rata el
doble de la de su aumento de población. Lima, que tiene un poco más del 25% de
la población del Perú, genera casi la mitad de los ingresos del país. Sao
Paulo, que tiene apenas el 10% de la población del Brasil, contribuye con casi
el 40% de sus ingresos. En las dos últimas décadas las ciudades se han visto
ayudadas por el cambio de la naturaleza de su actividad económica, como es
precisamente el caso de Bilbao. Y se han visto beneficiadas por el aumento en
el gasto a partir de 1980 generado por el aumento del turismo en las áreas
centrales de muchas ciudades, el que ya no se limita solamente a los cascos
históricos de las ciudades tradicionales, sino que busca nuevas experiencias en
nuevas ciudades como Las Vegas. Pero por encima de todo, las ciudades se han
beneficiado de la expansión de la industria financiera mundial. Las finanzas y
sus actividades laterales son negocios propios de las ciudades, y
particularmente de tres de ellas: Tokio, Nueva York y Londres.
Por
otro lado, algunos piensan que en los países subdesarrollados las megaciudades
son un serio inconveniente para su desarrollo, ya que la agricultura, creen, es
su única solución posible y que las ciudades (contra toda evidencia) han
sobrevivido a su utilidad. Pero la realidad es que muchos países en desarrollo
han gastado una gran proporción de sus recursos en proveer a sus grandes
ciudades de comida barata y costosas infraestructuras para beneficiar a los
trabajadores al servicio del Estado, pero también pensando que el desarrollo
industrial en las ciudades es lo mejor para sus países. Otras críticas que se
hacen a las ciudades es que son muy costosas, que incrementan el desempleo y el
crimen y que desperdician enormes cantidades de dinero. Sin embargo Nueva York,
que hace poco más de una década era la ciudad más peligrosa de las grandes
ciudades de Estados Unidos hoy es la más segura. Y lo mismo paso con Nueva
Orleans, y, entre nosotros, con Bogotá que, a partir de las medidas al respecto
tomadas por Mockus hace seis años, no solo disminuye su inseguridad, sino que
(al parecer independientemente de todo esto) mueve al menos la mitad de la
economía del país. Por eso se vende allí más de la mitad de la gasolina y por
eso la guerrilla no la afecta directamente pues es solo una cuestión de oferta
de trabajo, de buen trabajo para los desplazados por la violencia o los que
buscaban mejores condiciones de vida y ese "aire de la ciudad que hace que
la gente sea libre" como ya se sabia en la Edad Media. En el campo,
pueblos y veredas, los desempleados y los románticos son reclutados por la
"subversión" muchas veces a la fuerza. Parece que este país no
supiera lo que le debe a sus ciudades (¡y a Profamilia!) y eso que no son del
todo ciudades.
Columna publicada en el diario El País de Cali. 12.07.2001
Columna publicada en el diario El País de Cali. 12.07.2001
24.05.2001 Los puentes del Cauca
En
su paso por el valle el río no tuvo (por su ancho no podía) ningún puente
similar al bellísimo de ladrillo y calicanto y formas mudéjares sobre el río
Güengüé, cerca a la hacienda de Garciabajo, construido por la familia Olano, su
propietaria a finales del XIX, o los Santander de Quilachao, y ni mucho menos
como el del Humilladero de Popayán, soberbio allá o en cualquier parte del
mundo. Pero sus puentes metálicos, de principios del XX, son uno de los mayores
y más importantes ejemplos del patrimonio construido de la región. Estas
estructuras importadas y armadas por ingenieros, la mayoría de las veces
extranjeros, permitieron unir eficientemente las dos bandas del río e impulsar
el progreso de la región. Que este se confundiera con la casi total devastación
de sus guaduales, montes y fauna, y la peligrosa reducción de sus aguas, no fue
culpa de los puentes sino de la codicia, el facilismo y la miopía de los
vallecaucanos.
Memorable
es el puente del ferrocarril, inaugurado en 1916, que giraba sobre su centro
para dar paso a los vapores que navegaban el río; o el de Juanchito, con su
tablero de sonoros cuartones de madera y estrechas "huellas" de
tablas desclavadas por el paso de los vehículos, que en los inviernos fuertes
quedaba como "flotando" en medio de la creciente y sin uso, hasta que
con la Salvajina se pudieron controlar las inundaciones periódicas del valle y
quedaron sin oficio las canoas que pasaban productos campesinos y gentes de un
lado al otro del río. O el de la Virginia, de similar construcción,
afortunadamente habilitado hace un par de décadas como paso peatonal y ejemplo
de lo que se podría haber hecho con muchos de ellos. También era posible
desarmarlos y ponerlos en otras partes en donde pudieran seguir sirviendo. O,
por que no, complemetarlos con otras construcciones con fines recreacionales y
turísticos.
Pero
los puentes metálicos están en vías de extinción: del de Juanchito solo quedan
las ruinas de sus pilas rodeadas de tugurios, y nada queda hoy del que unía a
Tuluá con Riofrío; hace seis meses los chatarreros, gallinazos de las latas, lo
desmantelaron hasta su completa desaparición y se llevaron sus partes ante la indiferencia
de las autoridades y la opinión. En este extraño país lo que está sin uso
parece ser que es del primero que le eche mano, precisamente lo que en otras
partes se suele denominar robo. Como lo es, de otra manera, la abulia oficial y
el autismo ciudadano.
Ya
ni siquiera pueden ser estudiados. Si acaso quedarán sus fotografías. Jorge
Galindo arquitecto de la Universidad del Valle, y ahora profesor en la Nacional
de Manizales, aspiró a una beca de investigación del Ministerio de Cultura para
realizar un exhaustivo estudio de estos puentes; y la ganó pero no se la pueden
dar a profesores de universidades públicas pues la oficina jurídica del
ministerio aduce que son empleados estatales y por lo tanto no pueden contratar
con el Ministerio. Ignoran burocráticamente que una investigación demanda
gastos distintos al sueldo del investigador. Por su parte la oficina de
estímulos, responsable de las becas, asume una actitud pasiva y negligente y se
limita a declarar desiertas muchas becas o a cederlas a otros candidatos cuyas
propuestas no fueron las mejor valoradas.
Pero
lo más grave del asunto es que los nuevos puentes de concreto estructural que
hoy cruzan el Cauca se destacan por su total ausencia de diseño: son simples
"tablas" puestas normales al río, para economizar, dejando de lado
las conveniencias de las vías e ignorando totalmente su aspecto paisajístico y
ecológico, como fue el caso de la laguna de Sonso; sería pedir peras al olmo
con el agravante de que aquí no hay ni las unas ni los otros. Es que muchos
ingenieros nacionales siguen pensando que los puentes son para pasar al otro
lado del río y no para enaltecerlo embelleciendo su paisaje y dignificando su
paso. Por eso en los países civilizados los puentes importantes los diseñan
nuevamente renombrados arquitectos, o ingenieros que lo son de hecho. Pero para
llegar a eso, aquí, habría que empezar por estudiar nuestros viejos puentes
antes de que no quede ni uno.
Columna publicada en el diario El País de Cali. 24.05.2001
Columna publicada en el diario El País de Cali. 24.05.2001
12.04.2001 Belleza Vallecaucana
"El
cielo -escribía Jorge Isaacs en María , hace siglo y medio- tenía un tinte azul
pálido, hacia el oriente y sobre las crestas altísimas de las montañas, medio
enlutadas aún, vagaban algunas nubecillas de oro, como las gasas del turbante
de una bailarina, esparcidas por un aliento amoroso […] Las garzas abandonaban
sus dormideros, formando en su vuelo líneas ondulantes que plateaba el alba,
como cintas abandonadas al capricho del viento. Bandadas de loros se
levantaban de los guaduales para dirigirse a los maizales vecinos, y el
diostedé saludaba el día, con su triste canto, desde el corazón de la
selva." Isaacs describió también su luz: "Una tarde, tarde como las
de mi país, engalanada con nubes de color de violeta y lampos de oro
pálido..." o: "La luna, que acababa de elevarse llena y grande bajo
un cielo profundo sobre las crestas altísimas de los montes, iluminaba las
faldas selvosas blanqueadas a trechos por las copas de los yarumos, argentando
las espumas de los torrentes y difundiendo su claridad melancólica hasta el
fondo del valle. Las plantas exhalaban sus más suaves y misteriosos aromas. El
silencio, interrumpido solamente por el rumor del río, era más grato que nunca
a mi alma."
Más
tarde, Luciano Rivera y Garrido, en Impresiones y Recuerdos dice cómo "La fisonomía natural de la
comarca que atravesaban los viajeros es de lo más agreste y solitario que puede
imaginarse, si bien de un aspecto majestuoso por los grandes y selváticos
rasgos que la caracterizan. Elevados bosques donde los burilicos y chambimbes
alternan con espinos, higuerones, palabobos, totocales, y otros gigantes del
reino vegetal, al pie de los cuales, y agrupados en confuso enmarañamiento,
crecen las zarzas, los juncos, las cañas bravas y los arrayanes, cubren una
inmensa extensión del territorio entre las márgenes orientales del río Cauca y
las llanuras centrales del Valle."
En
1927, Cornelio Hispano, en En el País de los Dioses, hizo una descripción que se mantenía vigente
hasta mediados del siglo pasado: "Es un valle de oro y de esmeralda, de
vegas alfombradas de grama, cercado en las lejanías por las copas de añosos
guaduales y burilicos, y más lejos aún por las azules cordilleras cuyas
altísimas crestas se iluminan por las noches con los fulgores de las tormentas
del Pacífico; valle ligeramente inclinado de oriente a occidente, extendido al
pie de risueños montes y colinas […] y regado por ríos diáfanos y rumorosos
que corren entre peñascos aterciopelados de musgos, orlados de iracales y
enredaderas y sombreados por guásimos y chiminangos, cuyos nombres son tan
antiguos y vernáculos como la madre tierra que bañan y fecundan […] sobre
cuyas ondas apacibles se ven pasar helechos, flores purpúreas de cachimbo y
venturosas."
El
paisaje del valle del Alto Cauca es característico: el sol cruza de una cordillera
a otra y se aprecian bellos atardeceres desde la margen oriental del río,
especialmente, desde el piedemonte de la cordillera Central; mientras que en
la margen occidental, especialmente en Cali, la luz al atardecer se tiñe
brevemente de dorado seguido a veces por un intenso azul. Generalmente inmersas
en las nubes, se pueden apreciar las dos cordilleras: la Central, alta y
abrupta y, con sus impresionantes Farallones de Cali, la Occidental, más baja,
desde cuyo piedemonte, al norte del valle, se ve el lento fluir del río a su
lado. Pero, en su parte sur, el valle es como una inmensa planicie sin fin.
Pampa la llamaba Isaacs. La exuberante vegetación es sin embargo matizada; la
calina es frecuente y el ambiente reverberante en los días de mucho sol.
Este
paisaje ha sufrido notables variaciones en los últimos 50 años: en el
"plan" los numerosos bosques y guaduales, separados por amplios llanos,
poco a poco han sido sustituidos, unos y otros, por sosas "suertes"
de caña de azúcar. En los pidemontes, sus numerosas quebradas generalmente están
secas en el verano y, en el invierno, sucias. Los feos suburbios de Cali invaden la
planicie. Las carreteras se convierten en largas y feas calles. Cada vez es
menos la belleza vallecaucana. Solo va quedando sola la nostalgia de su
recuerdo.
Columna publicada en el diario El País de Cali. 12.04.2001
Columna publicada en el diario El País de Cali. 12.04.2001
08.03.2001 Planificar
Columna publicada en el diario El País de Cali. 08.03.2001
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