08.11.2001 Otra queja

Dice el famoso columnista inglés Paul Johnson (Al diablo con Picasso ) que en las columnas de opinión no se deben tratar intimidades ni problemas personales y que solo muy de vez en cuando es pertinente decir algunas cosas del autor. Sin embargo a veces sí que es necesario decir algo de las columnas.

No suelo comprobar lo que sale en el periódico con lo que mando, aunque siempre miro por encima lo publicado y a veces hasta lo leo. Pero el jueves pasado saltaba a la vista que mis cuatro sólidos párrafos habían sido convertidos en doce parrafitos y, leyendo detenidamente, encontré que además eliminaron unas comas y pusieron otras. No fue un problema de transcripción pues las columnas las mando por e.mail. No creo que lo hicieran para llenar espacio pues mi escrito era similar en extensión a los que siempre mando. En otra ocasión, hablando de la suerte de Bogotá de haber tenido tres buenos alcaldes consecutivos, me quitaron el segundo Mockus de mi Mockus, Peñalosa, Mockus. Y así. No obstante debo reconocer que en alguna oportunidad me arreglaron una oración desafortunada, y que me mejoran la ortografía pese a que cuidadosamente corrijo mis columnas con el computador y que siempre alguien me las lee en voz alta y me ayuda con su puesta a punto antes de mandarlas.

Claro que he cometido errores, no sólo de ortografía, sino, más grave, de información. Pero lectores acuciosos se han encargado de hacérmelos ver, con lo cual los he podido corregir para cuando me decida a sacar mis textos agrupados por temas en un libro que considero sería útil. Todo lo que digamos sobre las ciudades es importante pues ya casi el 80% de los colombianos vivimos en ellas (no me he cansado de repetirlo aquí), y muy recientemente, y en esto reside buena parte de los problemas actuales del país, y no sólo los de su arquitectura y urbanismo, muy descuidados por lo demás. Resulta sorprendente que ciertos conflictos de convivencia ciudadana, que incluso llevan a la muerte a muchas personas, como lo son los del tráfico y el transporte, no sean vinculados a las fallas en la concepción urbano-arquitectónica de nuestras ciudades. Mi columna es, pues, sobre los edificios, las ciudades y las regiones en tanto que artefactos y su relación con los que los usan; y aunque centrada en Cali, también toca otras ciudades y regiones. Igualmente me he ocupado de otras cosas pero siempre relacionadas con estos temas o me las ingenio para que así sea. Como ahora. Son asuntos que me apasionan y sobre los que me informo permanentemente estudiando, leyendo y viajando.

Aparte de una columna que no se si sigue saliendo en La Patria de Manizales, promovida por la seccional de allá de la Sociedad Colombiana de Arquitectos, y de la muy buena del arquitecto Alberto Saldarriaga, hace unos años en El Espectador, no se de otras similares en Colombia. Al parecer estos asuntos no les interesan a los medios colombianos pese a que si a los ciudadanos y a que hay páginas enteras permanentes dedicadas a ellos en otras partes. En el País de Madrid se destacan los artículos de Luis Fernadez-Galeano, los que alguna vez traté de reproducir en la revista Vivir de este periódico, antes de que desapareciera. Tal vez de ese intento quedó esta columna, la que muy amablemente me invitó a escribir Francisco José Lloreda Mera cuando era director, precisamente para que hablara de la ciudad y la región. Al principio fue quincenal pero desde hace poco es semanal. Ya van 115.

Como dice Johnson, escribir una columna es uno de los grandes privilegios de la vida. Y en este país es además reconfortante: una especie de contrarealidad. Por eso muchos lo hacemos con mucho gusto pese a lo poco del pago. Pero así como se espera que sean los columnistas los únicos responsables de lo que dicen, que nos dejen ser responsables de cómo lo escribimos; al fin y al cabo si hay un problema grave, pues hay tiempo de consultarlo; para eso se mandan los textos con suficiente antelación. Espero que esta vez, y en adelante, me dejen mi puntuación y mis párrafos tranquilos. Pero gracias por seguir vigilándome la ortografía.

Columna publicada en el diario El País de Cali.  08.11.2001

01.11.2001 El descuaderne

Cuando aparece un hueco y pasan días sin que lo arreglen, un particular pala en mano lo medio tapa y pide su correspondiente retribución a los conductores; a veces también usa la pala para exigirla. Cuando un semáforo se daña, un particular, pito en mano, o sin él, se encarga de ordenar el tráfico y cobra a los automovilistas. Desempleadas "barren" las calles y pretenden que les paguen por ello. Ante la indiferencia criminal de las autoridades, la comunidad hecha mano a su bolsillo y pone barreras de tierra en los cruces peligrosos para evitar más accidentes mortales. Cualquiera "prohibe" estacionar frente a su almacén y se apropia del antejardín para volverlo su parqueadero "exclusivo". Si se pide permiso dicen siempre que no, pero sin permiso todo se hace. Nadie paga pero es difícil pagar. Como el Estado roba a la gente, la gente lo roba. Los políticos lo son poco pero en cambio son muy corruptos. Hay un cuidador de carros por cada carro pero se los roban cada vez más. Como poco se cogen los ladrones, en los barrios ponen escandalosas sirenas y los cazan y castigan fuertemente. En fin, se arman autodefensas.

Es la suplantación de un Estado débil cuyo ejército solo ahora parece dedicado a lo suyo, pero cuando está por obtener una victoria (que muchos creen imposible porque si) lo paran, por razones humanitarias, pero sus generales en lugar de obedecer renuncian aparatosamente. Cada tanto dicen que media guerrilla se va a rendir o será aniquilada y después se sabe que se escaparon de nuevo por entre sus dedos. Supuestos universitarios asesinan policías con "papas explosivas " y sus profesores los disculpan. La policía, que pertenece a las Fuerzas Armadas y no al gobierno civil, descuida las ciudades mientras resiste valerosa pero inútilmente en los pueblos los ataques terroristas de la guerrilla, con el resultado de que son destruidos. La subversión recluta a la fuerza ilusos o necesitados adolescentes y se ensaña, a nombre del pueblo, que la rechaza, con los más afectados por la falta de trabajo, los que no pueden irse ni defenderse. Nos amenazan con que si no se prolonga la zona de distensión habrá guerra, como si no la hubiera ya pese a que mata "apenas" la cuarta parte de colombianos que los accidentes de tránsito pero muchísimos más que las drogas que combate. La violencia, alimentada por la iniquidad, impide el desarrollo democrático, social y económico que eliminaría sus causas.

Para alcanzar al menos una imagen moderna se destruyeron muchas ciudades tradicionales, pero sólo se permitió votar a las mujeres en 1957 pese a que, como dice Fernando Savater, la forma más segura de impedir que una sociedad se modernice es mantenerlas sujetas a la reproducción (sí, como los Taliban). Equivocadamente se creyeron ciertas desafortunadas analogías que llevaron a pensar simplistamente la ciudad con corazón, pulmones y arterias, dándole a los carros -y no a los peatones- la mayor importancia, por lo que se destruyeron las viejas calles para convertirlas en ineficientes vías al lado de las cuales crece ese inmenso territorio kitsch  que ha reemplazado lo que hasta hace poco fue verdadera ciudad.

Preferimos los medios a los fines. Los documentos públicos se llenan de absurdos sellos y contra sellos multicolores, anticuadas huellas dactilares y rúbricas elaboradas y orgullosas, pero vanas, con los que se cree hacer justicia o evitar la trampa. Creemos en repartir tierras malas para que los campesinos lo sigan siendo, en lugar de conocimientos para que puedan dejar de ser pobres y tantos, pues los problemas actuales en las ciudades, a donde se trasladan cada vez en mayor cantidad, desplazados o por cuenta propia, no son cuento. Ignoramos la superpoblación, no practicamos la ecoeficiencia y abandonamos la educación. Paralizados por el miedo, como dijo hace un tiempo Luis Guillermo Restrepo, muchos no dicen lo que piensan; y otros no toleran discutir lo que afirman. Pero eso si, diariamente las mismas noticias horribles pero intranscendentes acompañadas de montones de imágenes morbosas a todo color de violencia "moderada" real o inventada que poco informan y analizan.


 Columna publicada en el diario El País de Cali. 01.11.2001

06.09.2001 ¿Accidentes?

Tal parece (Semana, agosto 27 de 2001) que cada 2.5 minutos hay un accidente de tránsito en el país, cada 9.9 un herido en ellos y cada 69 un muerto; mas de la mitad de los conductores involucrados y casi la mitad de los peatones han ingerido previamente alcohol. Mientras en Inglaterra o Alemania hay unos 25 accidentes por cada 100.000 vehículos, en Estados Unidos casi 50 y en Argentina poco más de 100, en Colombia hay casi 300. Es decir que los de aquí, por imprecisos los datos, como suelen ser, no son propiamente accidentes de tránsito.

Se deben a un Estado que poca atención les pone a estos "accidentes" no obstante a que el año pasado mataron 6.551 colombianos, es decir, casi cuatro veces más que los 1.403 muertos en el mismo lapso en una guerra que subsiste en gran parte gracias al gran negocio que significa la criminalización de drogas distintas al alcohol, y que se hace, más que contra la subversión -pues poco queda de ella como tal-, contra el narcotráfico. Pero ¿cuántas personas bajo los efectos de la marihuana o la cocaína o la heroína o el éxtasis están involucradas en los accidentes de tránsito? ¿Cómo afectan estas dogas su capacidad neurológica, motriz o auditiva, o su visión periférica? ¿Provocan somnolencia o agresividad? ¿Se conocen datos?

Por supuesto estos datos no se manejan: simplemente se ha criminalizado el consumo de estas drogas basándose en actitudes moralistas e informaciones parciales o incompletas o erradas o tergiversadas (The Economist: The case for legalising drugs , julio 28 de 2001). Y se mantiene su criminalización, aquí y en Estados Unidos, por la presión de todos los que se benefician directa o indirectamente, allá y aquí, de las grandes ganancias que da justamente su interdicción. Y por la inercia de una opinión pública pacata, desorientada, apática y facilista, que en Colombia, con toda seguridad, solo aceptará la legalización cuando venga de Estados Unidos, y por eso este tópico se ha vuelto otra disculpa: como no se puede tomar aquí una decisión unilateral pues entonces hay que ponerse incondicionalmente del lado de la prohibición. Disculpa para no pensar, no opinar y, en últimas, no actuar.

Si los que creen que hay que prohibir y perseguir como una acción criminal el consumo de unas drogas que matan muchísimos menos colombianos que el alcohol o la nicotina (y que la guerra en su contra) fueran consecuentes, tendrían que dejar de beber y fumar y abogar por su criminalización, cosa que por supuesto (y afortunadamente) no harán. Seguramente no saben tampoco que los teléfonos celulares en los carros causan muchos accidentes, lo que cualquiera entiende que no es razón para criminalizarlos, pero sí su uso indebido, precisamente, como se hace en muchas partes. Igual pasa con la proliferación de vallas, que distraen peligrosamente a los conductores, o tapan calzadas y andenes como es el caso de Cali.

Por eso tenemos que presionar para que se persiga y castigue fuertemente a los que manejan borrachos, o drogados con otras drogas o hablando por celular, y para que el Estado se tome en serio los problemas de circulación y tránsito en el país. Nunca se dice que, incluyendo muchos en los que están involucradas personas alicoradas, la mayoría de los accidentes están en parte o totalmente causados por la indisciplina de los colombianos que no obedecen normas ni señalizaciones o por que estas son antitécnicas, obsoletas o simplemente no existen, lo que incita a que no se obedezcan las que si se ponen. Y ni hablar del mal estado de vías y vehículos.

En Colombia nadie -borracho, o no- para en los "pares". Como si fueran señales de "ceda el paso", que curiosamente son escasas, no hacen el "full stop" que indica esa señal, más faltaba, sino que medio se detienen y para peor de males lo hacen después del "pare" -muchas veces mal colocado-, en donde proceden a amenazar, vivos y osados que somos, con arrancar intempestivamente para ver quien se asusta y sede su derecho al paso -y a la vida-; y así. No hay un solo semáforo en Colombia, hay que repetirlo, que no se lo pase alguien en rojo o que al menos lo intente. Es fácilmente comprobable. ¿Cuándo los candidatos hablarán también de los heridos y muertos en "accidentes" en las calles y carreteras de Colombia?

Columna publicada en el diario El País de Cali. 06.09.2001

30.08.2001 Desplazados

Uno de los más preocupantes efectos del conflicto armado en Colombia -que no es solamente colombiano- son esos miles de campesinos que llegan abruptamente a las ciudades, en donde se suman a ese casi 60% que en el último medio siglo dejaron el campo, ruralizandolas y engrosando en ellas las filas de subempleados, desempleados y delincuentes comunes. Y no es solamente colombiano pues el propósito inútil de impedir el narcotráfico, impuesto por Estados Unidos, no solo desbocó la corrupción en el país y provocó la aparición de los paramilitares, sino que ayudo a la continuidad de la guerrilla, a la que sus enormes ganancias por participar en el, de una manera u otra, le han dado un segundo aire.

Parte de la solución del problema es la legalización como se ha repetido una vez mas, ésta vez, y muy duro, por The Economist (The case for legalising drugs, 28.07.2001), bajo dos argumentos contundentes: el derecho de los individuos a hacer con su cuerpo lo que quieran, mientras no le causen daño a otros, y el fracaso del Gobierno de Estados Unidos (donde solo el 6 % de la población mundial consume más del 50% de las drogas) en impedir, justamente, que su consumo le haga daño a otros, no solamente a sus propios nacionales sino también -y de que manera- a los colombianos, mexicanos, bolivianos, peruanos, afganistanos etc. pese a que las autoridades norteamericanas, del Presidente para abajo, por fin han reconocido públicamente que su demanda interna, más que la oferta externa, es la que fomenta el narcotráfico.

En Holanda y Suiza, y últimamente en Canadá y Portugal, siguiendo una tendencia hacia su descriminalización (Europe goes to pot, Time, 20.08.2001) la drogadicción es tratada con éxito no como un problema de orden público, como aquí sin éxito, sino de salud pública, similar al tabaquismo y el alcoholismo. Si no se han legalizado las drogas que aun no lo están, como la cocaína y la heroína, derogando las leyes que obligan a perseguirlas, es por el moralismo y porque los bancos norteamericanos, en los que se mueven las enormes ganancias que produce su prohibición, lo ha impedido hasta ahora, como lo ha denunciando Antonio Caballero hace años.

Su legalización es crucial no solo para la paz del país, al reducirse drásticamente la financiación de la guerrilla, sino para los drogadictos norteamericanos a los que, en lugar de meter a sus proveedores a la cárcel, seria posible ayudarlos médicamente, como se hace con los alcohólicos. Quedarían eso si nuestros muertos; y los desplazados, que difícilmente regresarán al campo, por lo que mas que una reforma agraria, como se pensaba hace medio siglo, lo que se necesita ahora es una reforma urbana, pues demandan urgentemente ciudad, vivienda y transporte público, y educación para que puedan usarlos mejor, y para que aprendan a votar, evitando a los políticos corruptos, y a hacer planificación familiar. Y precisan trabajo.

Pero las posibilidades de nuevos empleos están comprometidas por la guerra como nunca antes. Y también por la miopía y la codicia, como la de esos que querían convertir una de las bellas bahías del Parque Tayrona en un puerto carbonero, nada menos. Pero sobre todo están amenazadas las posibilidades que para el turismo representan justamente los paisajes, climas y biodiversidad del país, especialmente en sus dos costas (hacia donde, entre otras cosas, se esta desplazando la población colombiana) y por supuesto la ventaja tan cacareada de su localización privilegiada. Es un hecho que este tipo de demanda turística es cada vez mayor en el mundo, como lo comprueban los viajeros que pese a todo siguen buscando aquí lo que ya no se consigue en otras partes, y los que insistimos en quedarnos.

Un mundo posmoderno, super poblado, urbanizado y globalizado, nos guste o no, con todas las ventajas (para aprovechar) y desventajas (para combatir) que esto implica, en el que la guerra ha pasado a ser una manera obsoleta de hacer política y las drogas un tema común. Pero esa es la tragedia de este país: somos aún en muchos aspectos una sociedad premoderna, tanto del lado de la subversión, o lo que queda de ella como tal, como del Estado, débil y sometido desde su inicio.

Columna publicada en el diario El País de Cali. 30.08.2001


09.08.2001 La casa


"Otro paso interior / Que no he sido..." confiesa Hernando Socarrás. "Mi casa", precisa Neruda. Con Constantino Kavafis "Caminando ayer por las afueras / Pasé por la casa..."

"No conocen la nieve nuestras casas, / no nos guardan abrigos sus armarios, / el invierno cae lejos, no las toca..." advierte Eugenio Montejo. Como la de Pedro Gómez Valderrama "Era la misma casa, sin duda, sin ser la misma: parecía más joven, y a la vez más antigua."  En ella,  como dice Henri Michaux: "El que no tiene más que un pequeño patio, le pone un techo rebosante de estrellas..." "Pintada, no vacía: / pintada está mi casa / del color de las grandes pasiones y desgracias" grita Miguel Hernádez. Igual que la de Hanni Ossott era "...una casa crepuscular y nocturna / casa doliente / oscilante entre la melancolía y la ebriedad." "Nos gustaba la casa -con Cortázar- porque aparte de espaciosa y antigua guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia." "...recuerdos de un patio de Sevilla..." recuerda Don Antonio Machado. Allí yo, como Roberto Juarroz, "Dibujaba ventanas en todas partes. / En los muros demasiado altos, / en los muros demasiado bajos, / en las paredes obtusas, en los rincones, / en el aire y hasta en los techos." Invisibles en su frontispicio, las palabras de Diderot: "A nadie pertenezco y a todos; antes de entrar, ya estabas aquí; quedarás aquí, cuando salgas." "Que entre el que quiera. No hallará pompas mujeriles aquí ni el bizarro aparato de los palacios pero si la quietud y la soledad." Invita Borges. Pero solo, advierte Alejandra Pizarnik, "Si te atreves a sorprender / la verdad de esta vieja pared; / y sus fisuras, desgarraduras, / formando rostros, esfinges, manos, clepsidras," "Las casas entran por el agua, / la puerta del patio abierta a la estrella / matutina, en flor / los espinos, " dice Eugénio de Andrade. Entremos con Alfredo Silva Estrada por "la puerta más cercana: / un bloque de comienzo que se abre...que sea la puerta / entre el cielo y la tierra." Y, con Luis Cernuda, "Ir de nuevo al jardín cerrado, / Que tras los arcos de la tapia, / Entre magnolios, limoneros, / Guarda el encanto de las aguas." Adelante: "Los reyes no tocan las puertas" conmina Francis Ponge.

"Las verdaderas casas del recuerdo, -dice Gaston Bachelard- las casas donde vuelven a conducirnos nuestros sueños, las casas enriquecidas por un onirismo fiel, se resisten a toda descripción. Describirlas equivaldría a ¡enseñarlas!  " "El que desde afuera mira por una ventana abierta, nunca ve tantas cosas como el que mira una ventana cerrada." Parece concluir Baudelaire. Sin embargo, "Siempre quedará una ventana donde asomarse, / Promesas por mantener, / Un árbol donde apoyarse." Acude Andrée Chedid.

Estos (y otros) pedazos de mi casa -que es la suya- los encontró Felipe González-Pacheco en "La casa leída", antología de Amparo Osorio y Gonzalo Márquez Cristo, en la cual, es inexplicable, falta "Naos" de Lawrence Durrell ("Si uno se detenía a reflexionar, podía establecer los orígenes de cada una de las partes de la finca. Evidentemente, en sus orígenes había sido la ha­cienda donde Hesíodo apacentaba su ganado. Turcos, venecianos, franceses y griegos habían continuado la obra sin volver la mirada ni una sola vez, ampliando la edificación y confundiendo estilos y atmósferas. Durante el reinado de Otón se había intentado remodelarla con refinamientos total­mente absurdos. Así, mientras se edificaba un sector, el otro se derruía. Por último, los miembros de la familia que habían tenido la buena suerte de educarse en Francia le habían añadido los repugnantes cincelados de hierro colado y los chabacanos ventanales que, presumiblemente, les hacían sentir nostalgia del San Remo de los años veinte: baldosas de Marsella, mobiliario Segundo Imperio, querubines de yeso, molduras regordetas y roñosas. No obstante, como cada rasgo era lo peor de su especie y de su época, el con­junto tenía cierta homogeneidad; sí, una nobleza agreste que hacía que to­dos los que iban a visitarla o a morar en ella se encariñaran con la casa."), pero nunca confesó cómo supo del libro ni cómo llego tan rápido a Cartagena el ejemplar de la biblioteca de su papá que allí me entregó para siempre.

Columna publicada en el diario El País de Cali. 09.08.2001


12.07.2001 Las ciudades y la economía

Jean-Jacques Rousseau, que simplemente no las quería, afirmaba en 1762 que las grandes ciudades son las que exprimen el Estado y causan sus pesadillas: "la riqueza que ellas crean es aparente e ilusoria". Muchos le creyeron, pero al parecer el crecimiento de las ciudades, que están hoy resurgiendo por todas partes, desafía todos los intentos de limitarlo y es económicamente saludable y culturalmente benéfico tanto en los países desarrollados como en los en desarrollo. Tal parece que en siglo XXI la unidad más relevante de producción económica, organización social y generación de conocimientos será la ciudad, tanto si son viejas como recientes. Los estados nacionales seden terreno frente a las regiones y estas frente a sus polos urbanos; y el patriotismo dogmático frente a la pluralidad y lo cosmopolita.

El aumento de la población no es por supuesto la misma cosa que el desarrollo económico. La concentración de pobreza y problemas en las ciudades de Estados Unidos, un país que avanza rápidamente en la era posindustrial, lo confirma. De otro lado, las comunicaciones modernas disminuyeron la ventaja más obvia de las ciudades cual es la proximidad física de sus habitantes. Pero el hecho es que las ciudades no solamente están aumentando de población sino en importancia económica. En los países en desarrollo participan de una cantidad cada vez mayor del ingreso nacional, llegando a aumentar su participación a una rata el doble de la de su aumento de población. Lima, que tiene un poco más del 25% de la población del Perú, genera casi la mitad de los ingresos del país. Sao Paulo, que tiene apenas el 10% de la población del Brasil, contribuye con casi el 40% de sus ingresos. En las dos últimas décadas las ciudades se han visto ayudadas por el cambio de la naturaleza de su actividad económica, como es precisamente el caso de Bilbao. Y se han visto beneficiadas por el aumento en el gasto a partir de 1980 generado por el aumento del turismo en las áreas centrales de muchas ciudades, el que ya no se limita solamente a los cascos históricos de las ciudades tradicionales, sino que busca nuevas experiencias en nuevas ciudades como Las Vegas. Pero por encima de todo, las ciudades se han beneficiado de la expansión de la industria financiera mundial. Las finanzas y sus actividades laterales son negocios propios de las ciudades, y particularmente de tres de ellas: Tokio, Nueva York y Londres.

Por otro lado, algunos piensan que en los países subdesarrollados las megaciudades son un serio inconveniente para su desarrollo, ya que la agricultura, creen, es su única solución posible y que las ciudades (contra toda evidencia) han sobrevivido a su utilidad. Pero la realidad es que muchos países en desarrollo han gastado una gran proporción de sus recursos en proveer a sus grandes ciudades de comida barata y costosas infraestructuras para beneficiar a los trabajadores al servicio del Estado, pero también pensando que el desarrollo industrial en las ciudades es lo mejor para sus países. Otras críticas que se hacen a las ciudades es que son muy costosas, que incrementan el desempleo y el crimen y que desperdician enormes cantidades de dinero. Sin embargo Nueva York, que hace poco más de una década era la ciudad más peligrosa de las grandes ciudades de Estados Unidos hoy es la más segura. Y lo mismo paso con Nueva Orleans, y, entre nosotros, con Bogotá que, a partir de las medidas al respecto tomadas por Mockus hace seis años, no solo disminuye su inseguridad, sino que (al parecer independientemente de todo esto) mueve al menos la mitad de la economía del país. Por eso se vende allí más de la mitad de la gasolina y por eso la guerrilla no la afecta directamente pues es solo una cuestión de oferta de trabajo, de buen trabajo para los desplazados por la violencia o los que buscaban mejores condiciones de vida y ese "aire de la ciudad que hace que la gente sea libre" como ya se sabia en la Edad Media. En el campo, pueblos y veredas, los desempleados y los románticos son reclutados por la "subversión" muchas veces a la fuerza. Parece que este país no supiera lo que le debe a sus ciudades (¡y a Profamilia!) y eso que no son del todo ciudades.

Columna publicada en el diario El País de Cali. 12.07.2001

24.05.2001 Los puentes del Cauca

En su paso por el valle el río no tuvo (por su ancho no podía) ningún puente similar al bellísimo de ladrillo y calicanto y formas mudéjares sobre el río Güengüé, cerca a la hacienda de Garciabajo, construido por la familia Olano, su propietaria a finales del XIX, o los Santander de Quilachao, y ni mucho menos como el del Humilladero de Popayán, soberbio allá o en cualquier parte del mundo. Pero sus puentes metálicos, de principios del XX, son uno de los mayores y más importantes ejemplos del patrimonio construido de la región. Estas estructuras importadas y armadas por ingenieros, la mayoría de las veces extranjeros, permitieron unir eficientemente las dos bandas del río e impulsar el progreso de la región. Que este se confundiera con la casi total devastación de sus guaduales, montes y fauna, y la peligrosa reducción de sus aguas, no fue culpa de los puentes sino de la codicia, el facilismo y la miopía de los vallecaucanos.

Memorable es el puente del ferrocarril, inaugurado en 1916, que giraba sobre su centro para dar paso a los vapores que navegaban el río; o el de Juanchito, con su tablero de sonoros cuartones de madera y estrechas "huellas" de tablas desclavadas por el paso de los vehículos, que en los inviernos fuertes quedaba como "flotando" en medio de la creciente y sin uso, hasta que con la Salvajina se pudieron controlar las inundaciones periódicas del valle y quedaron sin oficio las canoas que pasaban productos campesinos y gentes de un lado al otro del río. O el de la Virginia, de similar construcción, afortunadamente habilitado hace un par de décadas como paso peatonal y ejemplo de lo que se podría haber hecho con muchos de ellos. También era posible desarmarlos y ponerlos en otras partes en donde pudieran seguir sirviendo. O, por que no, complemetarlos con otras construcciones con fines recreacionales y turísticos.

Pero los puentes metálicos están en vías de extinción: del de Juanchito solo quedan las ruinas de sus pilas rodeadas de tugurios, y nada queda hoy del que unía a Tuluá con Riofrío; hace seis meses los chatarreros, gallinazos de las latas, lo desmantelaron hasta su completa desaparición y se llevaron sus partes ante la indiferencia de las autoridades y la opinión. En este extraño país lo que está sin uso parece ser que es del primero que le eche mano, precisamente lo que en otras partes se suele denominar robo. Como lo es, de otra manera, la abulia oficial y el autismo ciudadano.

Ya ni siquiera pueden ser estudiados. Si acaso quedarán sus fotografías. Jorge Galindo arquitecto de la Universidad del Valle, y ahora profesor en la Nacional de Manizales, aspiró a una beca de investigación del Ministerio de Cultura para realizar un exhaustivo estudio de estos puentes; y la ganó pero no se la pueden dar a profesores de universidades públicas pues la oficina jurídica del ministerio aduce que son empleados estatales y por lo tanto no pueden contratar con el Ministerio. Ignoran burocráticamente que una investigación demanda gastos distintos al sueldo del investigador. Por su parte la oficina de estímulos, responsable de las becas, asume una actitud pasiva y negligente y se limita a declarar desiertas muchas becas o a cederlas a otros candidatos cuyas propuestas no fueron las mejor valoradas.

Pero lo más grave del asunto es que los nuevos puentes de concreto estructural que hoy cruzan el Cauca se destacan por su total ausencia de diseño: son simples "tablas" puestas normales al río, para economizar, dejando de lado las conveniencias de las vías e ignorando totalmente su aspecto paisajístico y ecológico, como fue el caso de la laguna de Sonso; sería pedir peras al olmo con el agravante de que aquí no hay ni las unas ni los otros. Es que muchos ingenieros nacionales siguen pensando que los puentes son para pasar al otro lado del río y no para enaltecerlo embelleciendo su paisaje y dignificando su paso. Por eso en los países civilizados los puentes importantes los diseñan nuevamente renombrados arquitectos, o ingenieros que lo son de hecho. Pero para llegar a eso, aquí, habría que empezar por estudiar nuestros viejos puentes antes de que no quede ni uno.

Columna publicada en el diario El País de Cali. 24.05.2001

12.04.2001 Belleza Vallecaucana

"El cielo -escribía Jorge Isaacs en María , hace siglo y medio- tenía un tinte azul pálido, hacia el oriente y sobre las crestas altísi­mas de las montañas, medio enlutadas aún, vagaban algunas nubecillas de oro, como las gasas del turbante de una bailarina, esparcidas por un aliento amoroso […] Las garzas abandonaban sus dormideros, formando en su vuelo líneas ondulantes que plateaba el alba, como cin­tas abandonadas al capricho del viento. Bandadas de loros se levantaban de los guaduales para dirigirse a los maizales vecinos, y el diostedé saludaba el día, con su triste canto, desde el corazón de la selva." Isaacs describió también su luz: "Una tarde, tarde como las de mi país, engalanada con nubes de color de violeta y lampos de oro pálido..." o: "La luna, que acababa de elevarse llena y grande bajo un cielo profundo sobre las crestas altísimas de los montes, iluminaba las faldas selvosas blanqueadas a trechos por las copas de los yarumos, argentando las espumas de los torrentes y difundiendo su claridad melancó­lica hasta el fondo del valle. Las plantas exhalaban sus más suaves y misteriosos aromas. El silencio, interrumpido solamente por el rumor del río, era más grato que nunca a mi alma."

Más tarde, Luciano Rivera y Garrido, en Impresiones y Recuerdos  dice cómo "La fisonomía natural de la comarca que atravesaban los viajeros es de lo más agreste y solitario que puede imaginarse, si bien de un aspecto majes­tuoso por los grandes y selvá­ticos rasgos que la caracterizan. Elevados bosques donde los bu­rilicos y chambimbes al­ternan con espinos, higuero­nes, palabobos, totocales, y otros gigantes del reino vegetal, al pie de los cuales, y agrupados en confuso en­marañamiento, crecen las zarzas, los jun­cos, las cañas bravas y los arrayanes, cubren una inmensa extensión del territorio entre las márgenes orientales del río Cauca y las llanuras centrales del Valle."

En 1927, Cornelio Hispano, en En el País de los Dioses,  hizo una descripción que se mantenía vigente hasta mediados del siglo pasado: "Es un valle de oro y de esmeralda, de vegas alfombradas de grama, cer­cado en las lejanías por las copas de añosos guaduales y burilicos, y más lejos aún por las azules cordilleras cuyas altísimas crestas se iluminan por las noches con los fulgores de las tormentas del Pacífico; valle ligeramente inclinado de oriente a occidente, extendido al pie de risueños montes y co­linas […] y regado por ríos diáfanos y rumorosos que corren entre peñas­cos aterciopelados de musgos, orlados de iracales y enredaderas y sombreados por guásimos y chiminangos, cuyos nombres son tan antiguos y vernáculos como la madre tierra que bañan y fecun­dan […] sobre cuyas ondas apacibles se ven pasar helechos, flores purpúreas de cachimbo y venturosas."

El paisaje del valle del Alto Cauca es característico: el sol cruza de una cordi­llera a otra y se aprecian bellos atardeceres desde la margen oriental del río, especial­mente, desde el piedemonte de la cordillera Central; mientras que en la margen occi­dental, especialmente en Cali, la luz al atardecer se tiñe brevemente de dorado seguido a veces por un intenso azul. Generalmente inmersas en las nu­bes, se pueden apreciar las dos cordilleras: la Central, alta y abrupta y, con sus impresionantes Farallones de Cali, la Occi­dental, más baja, desde cuyo piedemonte, al norte del valle, se ve el lento fluir del río a su lado. Pero, en su parte sur, el valle es como una inmensa pla­nicie sin fin. Pampa la llamaba Isaacs. La exuberante vegetación es sin embargo matizada; la calina es fre­cuente y el ambiente reverberante en los días de mucho sol.

Este pai­saje ha sufrido notables variaciones en los últimos 50 años: en el "plan" los numerosos bosques y gua­dua­les, separados por amplios llanos, poco a poco han sido sustituidos, unos y otros, por sosas "suertes" de caña de azúcar. En los pi­demontes, sus numerosas quebradas generalmente es­tán secas en el verano y, en el invierno,  sucias. Los feos suburbios de Cali invaden la planicie. Las carreteras se convierten en largas y feas calles. Cada vez es menos la belleza vallecaucana. Solo va quedando sola la nostalgia de su recuerdo.

Columna publicada en el diario El País de Cali. 12.04.2001

08.03.2001 Planificar


Preocupa que asuntos como el control de la natalidad y la legalización de las drogas se dejen de lado pese a que están en la base de los mayores problemas del país: la guerra y el rapidísimo y mal crecimiento de sus ciudades. ¿Cómo se puede planificar a Cali si tendrá tres millones de habitantes en unos años? ¿Sólo aceptaremos que la mejor manera de evitar el consumo fatal de drogas, legalizándolas para poderlas controlar, será cuando lo hagan los norteamericanos? Ya los Secretarios de Estado y Defensa aceptaron que mientras haya consumo allá habrá oferta aquí, o en otra parte, como lo viene explicando Antonio Caballero hace dos décadas hasta el aburrimiento. El conflicto interno de Colombia se financia con el narcotráfico (o contra) como ha terminado por aceptarlo todo el mundo, y es responsable del 80% de los secuestros y el 50% de los homicidios, y permanentemente desplaza poblaciones enteras.

Pero además de los que llegan a las grandes ciudades están los que aunque nacidos en ellas se encuentran también marginados: no tienen acceso a su centralidad porque viven muy lejos o no tienen como transportarse decentemente. Son los que más se reproducen pues el "aire de la ciudad" no los ha hecho libres, como decían en la Edad Media, y solo respiran su contaminación. No tienen acceso a la educación que dan las verdaderas ciudades; la que se aprende día a día en sus plazas, en sus parques, en sus andenes. Carecen de escenarios para integrar su cultura con las tradiciones de su nueva ciudad y con las culturas diversas de los que huyen de la guerra asentándose en esos barrios sin ciudad que comenzaron con las invasiones de la década de 1950 de los desplazados de cuando comenzó la violencia.

Es cierto que en las ciudades se desarrollaron los conocimientos que permitieron la explosión demográfica, pero también en ellas fue donde primero y de manera más radical se disminuyeron conscientemente los nacimientos. Afortunadamente en Colombia la tasa de natalidad, una de las más altas del mundo en los años 50, se redujo al finalizar el siglo XX a la tercera parte. El papel de Profamilia y las mujeres fue fundamental, y eso que sólo se les permitió votar en 1957 y que continúan marginadas en muchas cosas en todos los niveles. Pero no solo es machismo; como dice Fernando Savater, la forma más segura de impedir que una sociedad se modernice es mantener a las mujeres sujetas a la reproducción.

Planificar las ciudades y la población no son ideas modernas pero la violencia en Colombia parece que se debiera en parte a lo puramente formal de su modernización obligada a lo largo de los dos últimos siglos. Como lo han precisado Jaime Jaramillo Uribe y Frank Safford (El pensamiento colombiano en el siglo XIX , y, El ideal de lo práctico / El desafío de formar una élite técnica y empresarial en Colombia:) la indiferencia de la clase alta neogranadina hacia lo técnico y lo económicamente productivo fue heredada de una España militar y burocrática, basada desde el siglo XI en los privilegios de la nobleza y que la larga guerra contra los moros impuso a toda su sociedad. Valores fortalecidos por el empeño de España en defender su imperio y la fé católica. Los letrados que, poseedores de formación universitaria, ocuparon la burocracia real, convirtieron el servicio público en un ideal compensado mediante honores y privilegios, pero que degeneró en un comporta­miento social clientelista y corrupto. Al ser usada la misma pa­labra para los "títulos" de nobleza que para los "títulos" profesionales, el grado universitario, no el conocimiento, representaba una forma de ennoblecimiento ¿o no Doctor(a)?

Mockus, Peñalosa, Mockus están finalmente modernizando a Bogotá medio siglo después de que se aprovechó el Nueve de Abril para darle una imagen moderna destruyendo lo que había quedado de la tradicional Santafé exceptuando La Candelaria y algunas iglesias y conventos. La "noche de las mujeres" es una payasada, dicen, pero nos ha puesto a pensar en la violencia, las drogas, el alcohol y las ciudades. ¿Hará falta otra para ver que mejor sería que nos reprodujéramos con responsabilidad? La tasa de natalidad está creciendo nuevamente.

Columna publicada en el diario El País de Cali. 08.03.2001