17.09.2009 Soberanía

Como si no fuera suficiente con lo que pasa en las ciudades, nos exponemos a lo del pastorcito mentiroso viendo Unasur y el uso de las bases por Estados Unidos (ya lo hacían antes) sin tener en cuenta el armamentismo de Venezuela ni los cien mil AK-47 rusos para sus Milicias Bolivarianas. Desde luego no se trata solo del narcotráfico, que debería ser despenalizado (a lo que se oponen los que se quedan con la plata y los moralistas), ni de las bombas, secuestros y extorsiones de las FARC, respaldadas por los vecinos, sino también de controlar a Brasil, como sostiene Gustavo Petro,  y disuadir a Chávez, uno de sus principales proveedores de petróleo (con lo que contribuyen a su financiación), de usar sus cohetes para distraer su previsible fracaso, con el apoyo de Ortega y el silencio de Correa.

Todo esto, y la presencia de Brasil, y no solo la de Lula, que se va, lo entiende mal que bien esa gran mayoría que aquí, y también en los países vecinos, apoya a Uribe. Pero es ignorado sistemáticamente por los que son obsesivamente anti uribistas, o que aun tienen fe en que el socialismo es la alternativa al capitalismo salvaje, pasando por alto su fracaso en la Unión Soviética y Cuba, y que creen que el problema está en el campo y no en las ciudades. Por lo contrario, habría que aprovechar lo mejor de una globalización ya inevitable, y aumentar aun mas el intercambio comercial con Venezuela, como lo recomendaba Hernán Echevarria. No se podrá prescindir de un día para otro de él pues para ellos se trata principalmente de comida y energía, aunque su disminución desde luego generaría desempleo aquí.

Pero igualmente necesitamos mas intercambio cultural. Que en lugar del chavismo invadiera nuestras ciudades el Sistema de Orquestas Juveniles de Venezuela, que José Antonio Abreu creó con el convencimiento de que con la música es posible rescatar una sociedad, urgente en la nuestra que aun prefiere las bandas de guerra a las de música. Pero por supuesto hay que eliminar  lo “salvaje” del capitalismo (como en los países nórdicos), y oponerse a terceros periodos presidenciales, y a que se modifique la Constitución a punta de caudillismo y corrupción. Y apoyar a los candidatos que se comprometan en continuar la efectiva ofensiva de Uribe contra las FARC hasta que necesiten la paz y se desmovilicen, lo que ya logro en parte con los paramilitares. Los hay para todos los gustos: de Petro hasta Santos.


La corrupción se disparó con el narcotráfico pero el caudillismo viene de nuestro pasado rural y aislado. Sinembargo y paradojicamente, muchos no están de acuerdo en que los alcaldes se puedan reelegir seguido, como en tantas partes, aprovechando el control del Gobierno Nacional y la mayor cercanía de sus electores. Parece que aun no hemos desarrollado nuestra democracia lo suficiente para entenderlo. También tendríamos que analizar los actos del Gobierno que tienen que ver con las ciudades, y no solo a Uribe. Como es el caso de Cali, donde nos cambio el tren ligero por el MIO, cuyo negocio favoreció a otros y de lo que nunca se habló. Nos preocupa la “soberanía” formal del país pero poco la real de sus ciudades, que la comenzaron a perder despues del triunfo de Estados Unidos en la II Guerra Mundial.

Columna publicada en el diario El País de Cali 17.09.2009 

26.03.2009 Legalizar

Mientras que la inseguridad campea en nuestras ciudades y la gente usa como se le da la gana sus calles y construye como a bien tenga, muchos funcionarios del Estado, del Presidente para abajo, dilapidan tiempo, dinero y esfuerzos en tratar de imponer sus creencias a los demás, como lo señala Enrique Santos Calderón (El Tiempo, 15/03/2009), olvidando que en tanto tales deben respetar el libre desarrollo de la personalidad consagrado por la Constitución. Como ciudadanos tienen todo el derecho a ir a misa, no suicidarse, no donar sus órganos, dejar para después “el gustito", casarse, no abortar ni hacer control de la natalidad, no usar condón, eludir todo lo que no sea heterosexual, y no meter su dosis personal de marihuana, pero no a tratar de que pensemos como ellos. Tiene toda razón Héctor Abad cuando reclama en su columna ”emarihuanada” (El Espectador, 15/03/2009), la libertad de hacer con nuestro cuerpo y cabeza lo que queramos a condición de que no afecte a los demás, tal como lo querían los liberales ingleses desde el siglo XIX.

Además, el verdadero problema de drogadicción está es en Japón y Europa, y sobre todo en Estados Unidos en donde los hechos de violencia en las ciudades han disminuido en los últimos 20 años, mientras que se ha disparado el número de personas en prisión por vender o consumir drogas, al punto de que uno de cada 99 adultos está preso, más que en China, con una población cuatro veces mayor. Pero al mismo tiempo en California se ha despenalizado de hecho el cultivo, comercio y consumo de marihuana, como lo dejó en claro Daniel Samper  (El Tiempo, 15/03/2009). Para Carlos Ball, Director de la agencia Aipe, algo anda muy mal allá y piensa que tiene que ver con la guerra contra las drogas y la multiplicación de leyes y regulaciones a propósito, y cita a Adam Gelb, directivo del Pew Center, quien señala que “ponerse duro con los delincuentes ha significado ponerse duro con quienes pagan impuestos'”, y al senador Bernard Sanders para el cual el hecho de que se desvíen fondos de la educación a las cárceles “refleja una distorsión de las verdaderas prioridades'”.


En Estados Unidos han realizado millones de detenciones por drogas, sin hechos de violencia, sin que se reduzca su consumo pero si convirtiendo a miles de jóvenes en delincuentes. La prohibición hace que además de drogadictos sean también criminales. Por eso intelectuales como Noam Chomsky o Milton Friedman apoyan la legalización, pues los problemas médicos y sociales de los drogadictos nunca se solucionarán convirtiendo en delito el daño que se hacen a sí mismos. La legalización permitiría tratarlos como un problema de salud pública y concientización y eliminaría las millonarias ganancias que financian a las FARC y corrompen autoridades y políticos, en lo que tanto ha insistido Antonio Caballero. Preocupa que no aceptemos que la guerra contra las drogas fracasó, y que estemos mas interesados en perseguir inútilmente su transito que en castigar el terrorismo, secuestro, asesinato, chantaje y corrupción asociados al mismo. Que no se vea su fatal influencia en nuestra cultura, sociedad, política y  economía, y que  es por eso que la gente hace en nuestras inseguras ciudades lo que le da la gana.

Columna publicada en el diario El País de Cali 26.03.2009