25.02.2013 Un país muy rico lleno de pobres muy felices

Se repite con razón que Colombia es un país privilegiado. Uno de los que tiene mas agua dulce en el mundo y, por su geología, con un gran potencial para generar electricidad mas limpia, y con abundantes recursos naturales, y la segunda biodiversidad después de Brasil. Sus climas benévolos y sin estaciones, con todos los pisos térmicos y doce horas de luz natural todo el año, hacen que sus suelos sean óptimos para la agricultura y la ganadería. Y además cuenta con dos costas y una localización estratégica entre Europa y Asia, Sur y Norteamérica.

            Pero no sabemos explotar, comercializar ni consumir estos envidiables recursos y por lo contrario estamos acabando con ellos generando mas pobreza. Nos comparan con Suiza y Japón países muy pobres en comparación pero con la gente mas rica del mundo. El problema está, se concluye, en que somos indisciplinados, incumplidos, perezosos, mentirosos, exagerados e irrespetuosos con los demás (y sus bienes) y con lo publico. Pero además vivimos muertos de la risa, y nos consideramos los mas felices del mundo.

            Un país rico lleno de pobres que son felices así no es serio, como ya lo percibió un diplomático inglés en el siglo XIX, y tampoco somos tan inteligentes, como tambien suelen mentirnos. No vemos lo importante de considerar la realidad sin engaños o disimulos antes de actuar o, por lo contrarío y “si Dios quiere”, somos tan “vivos” que la ocultamos. Es un problema de nuestra cultura, la que es una agregación heterogénea como ya lo vio Néstor García Canclini (Culturas híbridas /Estrategias para entrar y salir de la modernidad, 1990).

            Somos transculturaciones recientes y sucesivas. A las culturas precolombinas- aquí varias y diversas-, los españoles sumaron su propia multiplicidad de visigodos cristianos, y árabes y bereberes musulmanes, y pronto la de otras culturas traídas del África negra, algunas tambien mahometanas. Con la Independencia llegó la dependencia de lo inglés y lo francés, como lo ha estudiado Frank Safford (El ideal de lo práctico / El desafío de formar una élite técnica y empresarial en Colombia, 1989), y después algo lo alemán, pero desde la Segunda Guerra Mundial lo “in” es norteamericano.

          Aquí casi todo viene del exterior, principiando por la religión, la lengua y la arquitectura, que como lo dijo hace años Fernando Chueca-Goitia (Invariantes castizos de la Arquitectura Española-Invariantes en la Arquitectura Hispanoamericana, 1979), fueron los instrumentos de la Conquista. Que a su vez generaron  las ciudades en las que hoy vivimos casi el 80% de los colombianos, cuyo rapidísimo crecimiento a lo largo del último siglo sin duda contribuyó a que seamos indisciplinados e irrespetuosos con los demás y sus bienes y sus derechos públicos.


          Antes apenas nos dedicábamos a las guerras civiles pues sin “polis” no es posible la política ni la democracia pero sí el caudillismo, y hoy a la violencia rural sumamos la inseguridad urbana. Todo acentuado por ser una población multiétnica y una incipiente sociedad pluricultural e individualista, fundamentalista, burocrática y clientelista, centrada en la felicidad familiar y no en la identidad con lo público, permitiendo la creciente politiquería, corrupción e improvisación de su gobierno. Pero ya estamos dejando de reír como tontos y a indignarnos.

Columna publicada en el portal de opinión www.programalallave.com. 25.02.2013

07.02.2013 Carros

Como dice André Gorz, el problema con los automóviles es que son, en su concepción y naturaleza, bienes de lujo para el placer exclusivo de una minoría y no estuvieron destinados a todos. Cuando se inventaron debían procurar a unos cuantos burgueses muy ricos el privilegio absolutamente nuevo de circular mucho más rápido que los demás. Como una casa a orillas del mar, dice él, no tenían ningún otro interés ni ofrecían ningún otro beneficio. Son un bien de lujo, y si todo el mundo tiene acceso al lujo, nadie le saca provecho (La ideología social del automóvil,  Le Sauvage, 1973). Y por supuesto los nuevos  modelos siguen siendo un lujo…y un negocio.

            ¿Por qué lo que parece evidente en las casas con playa no lo es en el del transporte? pregunta Gorz. Los carros ocupan un espacio que escasea en las ciudades a costa de los demás, de hecho la mayoría, que utilizan las calles, como peatones, ciclistas, motociclistas y pasajeros de buses. Pero a pesar de esto hay muchos demagogos que afirman que cada familia tiene derecho al menos a uno, y que el Estado tiene la responsabilidad de que todos se puedan estacionar cómodamente en las ciudades en todas partes y circular velozmente por calles y carreteras. Como en Cali, que muchos adoran los puentes exclusivos para sus carros pero, eso si, pagados por todos.

            En los periódicos hay paginas enteras induciéndonos a comprar mas carros, ocultando que los carros de una minoría ocupan las calles e invaden los andenes de todos. Salta a la vista la mentira, como la ve Gorz, con que se intenta engañarnos. Sin embargo, ni siquiera los intelectuales de izquierda la rechazan, dice. Aunque hoy si lo hacen cada vez mas los jóvenes que ya descubrieron que se mueven mas rápido caminando y en bicicleta. ¿Por qué se trata al automóvil como una vaca sagrada? ¿Por qué, a diferencia de otros bienes “privativos”, no se lo reconoce como un lujo antisocial? La respuesta debe buscarse en los siguientes puntos, dice Gorz:

            Primero, el culto al automóvil sustenta la creencia ilusoria de que cada uno puede prevalecer y beneficiarse a expensas de los demás, y genera el egoísmo agresivo de los conductores que perciben como estorbos materiales y obstáculos a los que se interponen a su propia velocidad. Antes el caballo del rico no iba mucho más rápido que el campesino a pie, y los trenes transportaban a todo el mundo a la misma velocidad y mas rápidamente que los automóviles y en distancias medias incluso que el transporte aéreo. Nunca hubo en la historia, hasta principios del siglo XX, una velocidad de desplazamiento para la élite y otra para los demás.

            Segundo, hoy los carros son objetos de lujo desvalorizados por su propia difusión. Pero esta desvalorización material aún no ha causado la ideológica: el mito del atractivo y las ventajas del auto persiste mientras que los transportes colectivos, si se expandieran adecuadamente, por supuesto, pondrían en evidencia su superioridad. Su persistencia se explica por la generalización del automóvil individual que ha excluido a los transportes colectivos, modificado el urbanismo y el hábitat, y transferido al automóvil unas funciones que su propia difusión ha vuelto necesarias. Hará falta una revolución ideológica para romper el círculo: una revolución cultural concluye Gorz.


 Columna publicada en el diario El País de Cali. 07.02.2013