Una encuesta de Ipsos-Napoleón Franco de
hace unas semanas revela qué para el 50 % de los bogotanos la prioridad al escoger al
próximo alcalde es que "no sea corrupto" y que no sea politiquero (23 %). Y aunque parecen no ser
temas decisivos, el carisma (17 %) o el carácter (14 %) también cuentan. En
conclusión, “las características personales de los candidatos van a ser
más definitivas que sus programas de gobierno". Es decir, no
importa que va a hacer el próximo alcalde de Bogotá mientras sea honrado y poco
clientelista, y lo mismo se piensa ahora en Cali, pues en todo vamos detrás de
la capital menos en analizar oportunamente sus errores.
Y pedir que sean
ejecutivos, como igualmente tanto se repite, sobre todo por parte de los
ejecutivos de la industria y los adalides del comercio, tampoco basta si los
votantes no saben si sus candidatos dieron la talla en sus cargos anteriores, o
si su desempeño en otras funciones tuvo que ver con el manejo de lo urbano. Ni
tampoco les importa que tengan conocimientos en arquitectura y urbanismo, ni
que conozcan ciudades de verdad, como estudiosos de ellas o al menos como
viajeros y no como simples turistas, lo que ya es al menos estrambótico. Con razón nuestras ciudades
están como están, fruto no apenas de la corrupción sino de la improvisación.
El
asunto no es apenas tratar de evitar lo ilegal y la politiquería, ni del
carisma y carácter de los diferentes candidatos, sino por lo contrario y sobre
todo, garantizar que puedan ser ejecutivos y honrados en el manejo de un plan
integral para la ciudad, producto de un grupo o partido político, que
necesariamente debería recoger todo lo ya realizado y ceñirse a lo aprobado y
legal. Las ciudades no precisan gerentes sino alcaldes que puedan orientar a
los directores de sus diferentes secretarías y organismos, algunos de ellos,
esos si, sencillamente buenos gerentes, pero es claro que deben tener
experiencia y experticia en su respectivo campo.
Alcalde, del árabe clásico, qāḍī, juez, es el
“Presidente del ayuntamiento de un término municipal, encargado de ejecutar sus
acuerdos, dictar bandos para el buen orden, salubridad y limpieza de la
población, y cuidar de todo lo relativo a la Policía urbana” que es como lo
define el DRAE. Además es el delegado administrativo del Gobierno Nacional. Y
en ciudades en rápido crecimiento, como las nuestras, debería presidir su Junta
de Planeación, como la que existió en Cali, absurdamente eliminada hace años, o
al menos que sepa como escoger un Director de Planeación adecuado y reconocer
la importancia del urbanismo y la arquitectura en una ciudad.
El
problema pues, no es de malos candidatos sino de malos electores, que por
ignorancia, ingenuidad, resquemores, complejos, o creyéndose muy vivos, se
dejan embaucar con promesas que no solo no se cumplirán, si no que con
frecuencia es mejor que así sea. No saben para qué es un alcalde en una ciudad
y poco saben de estas. Urgentemente necesitamos electores que entiendan que se
trata de escoger programas y no apenas personas, y que es mas importante la
experiencia y la experticia que el éxito en otros campos y ni se diga de la
simple fama en la farándula o el deporte, lo que ha llevado a candidaturas
aberrantes y no apenas ridículas.
Columna publicada en el diario El País de Cali. 11.08.2011