17.05.2007 Sexo y ciudad

La oportuna campaña en la capital para que los jóvenes usen condón se ha rechazado con falsedad; se critican sus palabras cuando lo que se quiere es que se continué reprimiendo el sexo. Decimos que el amor es una maravilla pero no aceptamos que hacerlo también lo sea, y más aún enamorados. Natural y culturalmente somos incitados al sexo desde muy jóvenes y lo que nos debería preocupar es que sea consentido, seguro y responsable. Con quienes, cuantos, cuantas veces, cómo y en donde es decisión y gusto de cada uno y para eso es que debería servir la orientación sexual que no se está dando adecuadamente en la gran mayoría de los colegios y familias. Además de su conocimiento biológico debería ser también un debate desde la cultura y nunca una imposición moralista. En este sentido hay que aplaudir la posición consecuente del Secretario de salud de Bogotá que les da condones a su hija e hijo adolescentes en lugar de cruzar los dedos y cerrar los ojos.

Pensar que hacen falta casas de cultura, bibliotecas y campos de deporte (que por supuesto harta falta hacen en Colombia) para que los jóvenes se distraigan y no “exploren sus cuerpos”, como lo insinuó El Tiempo en días pasados en su editorial, es, más que ingenuo, hipócrita. En lo que estaban pensando era, también, en que se reprima el sexo pese a que en las otras páginas del periódico nos lo recuerdan descaradamente, como lo hacen a diario todos los periódicos, revistas, libros, cine, TV e Internet, y las vallas de publicidad, pues al parecer a nuestros publicistas no se les ocurre otra cosa para vender cualquier cosa, y hasta nos van a mostrar en ellas a los depravados sexuales. En este país urbanizado tan tarde y tan rápido todavía son frecuentes estos tapujos trasnochados o fingidos, olvidando que las ciudades también son liberadoras sexualmente. Producto de realizaciones complejas como el comercio, la guerra y la religión, nos han permitido desa­rrollar, a su vez, otras prácticas aún más complejas como el arte, la ciencia y el deporte, como dice Lewis Mumford, pero también el erotismo y su variado espectáculo.

En Cali, por ejemplo, siempre ha existido un culto al cuerpo, lo que explica que fuera “la capital deportiva de América” y aunque ahora es la de la cirugía plástica, sus excesos grotescos, debidos a la penetración cultural del narcotráfico, no deben ocultar que si algo tiene rescatable la ciudad es su cálida sensualidad. Cuando el sol sale la cordillera se destapa, se ven los cerros, el río brilla y el viento mece frondosos árboles y esbeltas palmeras y levanta lujurioso minifaldas. Al caer la tarde el cielo va del dorado al azul profundo, y el día termina lleno de murmullos, de perfumes y de músicas de alas y las plantas exhalan sus más suaves y misteriosos aromas y en el fondo del valle arden todavía en la sombra negra y húmeda luciérnagas fantásticas, como escribió Jorge Isaacs pensando en María. Que no nos vengan con mojigaterías. Debería haber dispensadores de condones por todo lado, como hace años lo prometió el Ministerio de salud pero con lo que tampoco cumplió, seguramente ocupado en pensar cómo prevenir el Sida y los niños no deseados.

Columna publicada en el diario El País de Cali.

03.05.2007 Verdades incomodas


Hace apenas medio siglo se nos repetía que había que tener un hijo, sembrar un árbol y escribir un libro. 25 años después muchos se dieron cuenta de que habíamos talado muchísimos árboles, dejado de leer libros y tenido demasiados hijos (Laurence J. Peter: El plan de Peter, 1975). Entre todos, unos más que otros, dañamos el planeta pero, como siempre, los mayores responsables serán los que sufrirán menos. Se lo entiende con claridad viendo el impactante documental de Al Gore, “convenientemente” anunciado en los cines de Cali como “la película más terrorífica que jamás hayas visto” pese a que no es una película ni de ciencia ficción y menos de horror. Mucho de lo que allí se muestra es fácilmente comprobable: no es sino, por ejemplo, volar temprano a Bogotá y ver en lo que han quedado nuestros nevados. Y por supuesto lo que horroriza es la codicia y miopía de los que no se quieren dar por enterados, pues por ahora no les conviene, de que el calentamiento global es una realidad que nos afectará a todos más temprano que tarde, incluyendo a sus hijos.

Hoy lo que es urgente es sembrar muchos árboles y consumir solo madera cultivada, y recordar que, como lo dijo Borges, no somos lo que hemos escrito sino lo que hemos leído. Pero también ayudarían mucho unos pocos pequeños grandes cambios. Reemplazar los bombillos incandescentes por pequeñas lámparas fluorescentes de luz cálida. Escoger carros más eficientes y tener siempre sus llantas con la presión indicada, y usarlos menos caminando más y recurriendo al transporte colectivo. Reciclar más cosas. Clasificar la basura. No desperdiciar criminalmente el agua potable. Gastar menos agua caliente. Apagar los equipos electrónicos cuando no estén en uso. Rechazar los productos con un exceso de empaque (o que este sea usable para otra cosa o reciclable). Elegir vestidos y horarios acordes con el clima. Preferir productos locales. Y construir edificios bioclimáticos. En fin, ser parte de la solución y no del problema, como nos recomiendan en www.climatecrisis.net.

Pero lo más importante es de lo que menos se habla pues es inconveniente para las creencias y costumbres de muchos, o simplemente se desconoce. Después de milenios de crecer muy lentamente, la población humana del planeta se disparó en el último siglo de la mano del desarrollo tecnológico, y con ella la de unos pocos animales y vegetales domesticados, provocando que muchísimas otras especies estén desapareciendo rápidamente. Éxito que paradójicamente nos puede llevar al colapso. De unos pocos pasamos a más de seis mil millones, y la mayoría quiere consumir cada vez más. Todo un pecado, este si mortal, al que lleva todavía en buena parte del mundo el fundamentalismo de muchas jerarquías religiosas, como lo señaló Aura Lucia Mera en su columna sobre el Choco, y costumbres sociales suicidas. Hoy hay que tomar como un imperativo lo de tener solo un hijo pues por delante de todas las amenazas medioambientales está el exceso de población. Y, primero que todo, evitar los niños no deseados mediante una mejor educación sexual, facilitando el uso de contraceptivos y legalizando el aborto en donde aún no lo haya sido.

Columna publicada en el diario El País de Cali. 03.05.2007