Como dice Jared Diamond, hay que entender la guerra como la violencia recurrente entre grupos que pertenecen a unidades políticas rivales y aprobada por ellas (El mundo hasta ayer, 2012, p.160); y ya en el siglo XIX, se entendía como la extensión de la política por otros medios, como la definió el general prusiano Karl von Klausewitz (De la Guerra, 1832). Pero hoy, aclara Diamond, mantener la paz en una sociedad es uno de los servicios mas importantes que puede prestar un Estado (p.121). De otro lado, la supervivencia del más apto, a la que se refirió Herbert Spencer (Principios de Biología, 1864), después de haber leído a Charles Darwin (El origen de las especies, 1859) y cuya mejor traducción sería la “supervivencia del más adaptado”, en el sentido de selección natural, está en la base de la búsqueda de la paz entre los humanos.
Los enfrentamientos entre distintos pueblos con diferentes religiones han sido recurrentes y descritos por sus propios protagonistas para dejar memoria histórica de los que murieron en ellos a fin de enaltecerlos como héroes, semidioses o dioses. Empezando por las guerras entre ciudades, sumerias y griegas, o las de los egipcios con sus vecinos, simbolizadas por una deidad (http://es.wikipedia.org/wiki/Guerra_de_religión). Y están las guerras de conquista de los romanos que les permitieron constituir su Imperio alrededor del Mediterráneo, cuya larga Paz Romana allanó la difusión posterior del cristianismo, que los españoles impusieron en sus colonias de ultramar espada en mano. Y hasta hoy, los fundamentalistas de las tres religiones monoteístas alimentan las guerras pero igualmente los de la política.
En dos de sus recientes columnas en Semana (02 y10/08/2014), Antonio Caballero muestra un paralelismo entre la guerra entre judíos y palestinos (que son como hermanos, escribió él hace años) y la intolerancia radical entre los “hermanos” Londoño, Fernando y Rodrigo, alias Timochenko. Producto del fundamentalismo religioso una, y como religiosa la otra, hoy degenerada en simple narcotráfico. Queda demostrado cuando Marcos Peckel lo acusa de “una tendenciosa mezcla de ignorancia, cinismo y odio” o cuando David Mandel habla de su “sublime ignorancia”, contradiciéndose pues lo sublime “tiene por caracteres distintivos grandeza y sencillez admirables” (DRAE), precisamente como la columna que critica, como escribí en una carta a Semana que no publicaron.
La paz está en el horizonte diría Eduardo Galeano (es.wikiquote.org/wiki/Utopía). Pero hemos avanzado mucho como lo demuestra Diamond, pues las guerras en las sociedades tradicionales causaban muchísimos mas muertos en relación al total de la población involucrada. Por ejemplo, en la masacre de un grupo étnico de Nueva Guinea en 1966, murieron en una hora 125 hombres, mujeres y niños, de una población total de unas 2.500 personas. Para equiparar ese porcentaje, la bomba atómica tendría que haber matado 4 millones de japoneses en lugar de 100.000, y los atentados del World Trade Center 15 millones de estadunidenses y no 2.996” (p.156). Pero como ahora las guerras se evitan disuadiendo a los otros a base de armarse hasta los dientes, una guerra atómica generalizada podría acabar con media humanidad (3.500 millones) en esa misma hora.
Columna publicada en el portal de opinión www.programalallave.com. 26.08.2014