14.10.2010 La O.P.

Como dice Eduardo Galeano (Me caí del mundo y no se como entrar, 2010), ya todo tiene programada su obsolescencia. No apenas los electrodomésticos, celulares, reproductores de sonido, computadores o carros. A estos aparatos no se les puede agregar mejoras si no que hay que desecharlos y comprar nuevos, y pronto tampoco se consiguen repuestos pues han cambiado el modelo. Por ejemplo, a los inodoros no se les puede instalar las válvulas de doble descarga: hay que botarlos y comprar nuevos. Y lo tendremos que hacer mas de la mitad de las familias que habitamos el planeta pues vivimos en ciudades y hay que economizar el agua que se está agotando. Es el negocio redondo de las multinacionales que están acabando con el Mundo, como lo señaló hace años Konrad Lorenz (Decadencia de lo humano, 1985). Nos hacen consumir recursos no renovables que pronto tenemos que convertir en basura, con la ayuda de una publicidad mercenaria que nos hace comprar lo que no necesitamos con el dinero que no tenemos, creando crisis económicas  que casi parecen programadas. Lo llamamos progreso.
            
Y lo mismo pasa con nuestros edificios. No se mejoran, remodelan o amplían sino que se demuelen para hacer otros mas grandes pues el suelo urbano se volvió un negocio  especulativo. Se construyen casas que en pocas décadas se reemplazan por edificios de apartamentos y estos a su vez por “torres” para lo que sea. Pero como suele suceder en todos los negocios, no a todos les va igual y nuestras ciudades se volvieron unas feas colchas de retazos. Y desde luego las curadurías urbanas están es al servicio de los negociantes inmobiliarios interpretando a su favor los usos del suelo y demás reglamentaciones, pues los Consejos Municipales las redactan precisamente para permitir su obsolescencia. Se ha hecho en todas partes pero aquí el ciclo es cada vez mas rápido: dejar que se deteriore un sector, comprar barato poco a poco, demoler lo que queda, construir un edificio “espectáculo”, diseñado por un arquitecto de moda y ojala financiado al menos en parte por el Estado, poner el sitio “in”, después vender caro y buscar uno nuevo para “renovar”. Lo llamamos desarrollo.

Y con al rapidísimo crecimiento de nuestras ciudades, aquí dicha operación también se lleva a cabo con las propiedades rurales que las rodean. Con dinero de los contribuyentes se hace un equipamiento urbano donde no lo necesitan, se lleva hasta allí la infraestructura vial y de servicios,  o se cambia, y se pasa de tener hectáreas de tierra cultivada a venderla por metros cuadrados para urbanizar. La ciudad se ”estira” irresponsablemente creando problemas de movilización, para la satisfacción de los contratistas de obras publicas, que demuelen todo lo que ya hicieron antes sin prever su eventual remodelación, para poder hacerlo de nuevo y cobrar además por la demolición respectiva. Es el resultado de una economía basada cada vez mas en la obsolescencia programada. Y cuando el estado es todo él una sola “uninacional” ha sido mucho peor. Es decir, todo lo contrario a esa sostenibilidad de la que tanto hablamos en estos días, pues lo que estamos es programando la acelerada obsolescencia de ciudades, edificios y artefactos. Lo llamamos modernidad y Cali es todo un ejemplo.

Columna publicada en el diario El País de Cali 14.10.2010

04.10.2010 Noticias verdes

Al contrario de lo afirmado en esta columna (La O. P. 14/10/2010) sí existen para los inodoros válvulas de doble descarga, o duales, y ya se venden en el país, como oportunamente lo informo Pilar Jaramillo de la Ferretería Ángeles de Cali (pilarjaramillo@angelesferreteria.com). Las ponen en poco tiempo y cuestan instaladas aproximadamente el 10% de lo que vale uno de los nuevos inodoros, con válvula incluida, que promocionan los grandes almacenes del ramo para contribuir a disminuir el consumo de agua (y aumentar sus ingresos). Deberían ser obligatorias y desde luego prohibir ya la venta de inodoros de palanca, que cada vez botan al alcantarillado toda el agua de su cisterna, potable por lo demás, sin ninguna necesidad. Y por supuesto hay que insistir en recoger el agua lluvia que cae en las cubiertas de  casas y edificios para llenar con ella las cisternas de los inodoros. Debería ser obligatorio hacerlo en las construcciones nuevas, a las que sencillamente habría que dotar de un tanque por encima del nivel de los inodoros con dicho propósito.
            
Y pasando a los carros, los eléctricos ya estarán a la venta en uno o dos años, producidos por varias de las marcas mas conocidas como por muchas otras nuevas, y de los que se ocupan cada vez mas las revistas especializadas y los conocidos salones del automóvil de Europa y hasta en el de Bogotá. Pero se estima que abarcarán solo entre el 5% y el 15% del mercado de los próximos años, pues hay muchos intereses en contra, y aun no sabemos cuando se venderán en el país ni cuanto costaran, lo que será muy importante conocer ahora que aumenta la venta de carros por la bajada del Dólar. De otro lado, las familias pudientes, que son las que mas compran carros nuevos, están teniendo un tercer vehiculo para movilizarse los días de “pico y placa”. Razón por la cual en México D. F, por ejemplo, ya fue descartado, y que en Bogota se están moviendo en ese sentido, pues el remedio salió peor que la enfermedad. La solución desde luego son ciudades mas compactas en las que se pueda caminar mas y que cuenten con un eficiente sistema integrado de transporte urbano, eléctrico por supuesto.

            
Finalmente, el futuro de las huertas caseras es mas que halagador. En cualquier patio, terraza o azotea, e incluso en un balcón, y ni se diga en un jardín, es posible cultivar alimentos fácilmente. Además de producir flores, frutas y vegetales frescos muy económicamente, ahorran muchísimo en transporte y así contribuyen a disminuir la producción de gases de efecto invernadero. Lo importante es que se entiendan mas como un jardín que como un cultivo agrícola, al combinarlas con flores, o césped y árboles cuando sea posible, es decir concibiéndolas como un vergel, que es un espacio lúdico y hasta romántico. Las unidades de vivienda, los colegios y las universidades las podrían tener colectivas, y por supuesto las cárceles, ocupando creativamente parte de sus áreas verdes, y las podrían dar en concesión en lugar de contratar jardineros solo para cortar el prado, con el que desde luego habría que producir composta, utilizando además para la misma las basuras orgánicas que producen en lugar de pagar para que el Municipio las recoja. Darían buen ejemplo y fomentarían la convivencia.

Columna publicada en el diario El País de Cali 04.10.2010