22.09.1999 Obligatoria y mala

Preside las salas de espera de aeropuertos, terminales de buses, consultorios y hasta los vestíbulos de algunos bancos; y no está en las estaciones del ferrocarril por la sencilla razón de que ya no hay trenes de pasajeros. Está presente, eso sí, y sin falta, en los restaurantes malos y regulares; y algunos que podrían ser buenos prefieren no serlo a no tenerla. Está también, obviamente, en todas las cafeterías. Incluso en las de las universidades.

Pierre Bourdieu dice (Sobre la televisión., 1996) que pone en peligro la producción cultural. Que incita a la dramatización (como se pudo comprobar en el terremoto de Armenia) con el peligro de que puede -con la autoridad que se le ha conferido- hacer creer lo que muestra, y de que está orientada, cada vez más, hacia temas para todos los gustos que no plantean problemas. Sus programas están entreverados de propaganda y otras formas institucionalizadas de la mentira a las que estamos tan acostumbrados que, como lo advirtió Konrad Lorenz, hemos desarrollado una peligrosa tolerancia hacia sus promesas vacías y verdades a medias. Además, como lo señaló Federico Fellini hace años, su pésima calidad de imagen y sonido y su formato casi cuadrado dañan el gusto. En fin, una TV obligatoria, la de cafeterías y salas de espera, en la que jamás pasan esos programas internacionales de los que hablan tan bien los que la defienden. Por lo contrario, la mayoría de su programación es solo violencia o banalidad sin sentido ni propósito ni gusto, en la que actores de envidiable belleza "viven" toda clase de aventuras y situaciones que tienen lugar en paisajes espectaculares, ciudades hermosas y limpias, calles bellas y edificios bonitos, que contrastan esquizofrénicamente con nuestra maltrecha realidad.

Por todo esto será que muchos ya no le ponen bolas a esos feos e hinchados televisores de contrabando que cuelgan en cafeterías, restaurantes malos, aeropuertos, terminales, consultorios y universidades, a los que no se les puede cambiar de canal y ni siquiera bajar de volumen y mucho menos apagar. Cada uno tiene su respectivo cinturón de castidad o su ángel de la guarda para que no los toquen y así puedan volver obligatorio el ruido de fondo de una TV que pocos miran ya que ni siquiera pueden hacerlo bien pues justamente no están en salas apropiadas. Se ponen allí, en lugares públicos, para distraer a la gente e informarla, nos dicen, pero lo único que logran es perturbar la conversación informal propia de una cafetería, o dificultar la introspección o la lectura o la emocionante relación entre desconocidos que se pueden dar en una sala de espera. ¿Distraerla? ¿Informarla? Propósitos supuestamente bien intencionados que no lo son tanto y que evidentemente no se cumplen.

¿Cómo puede alguien pensar seriamente que ver una película incompleta es distraerse? ¿Es serio pensar que ver pedazos de telenovela puede ser una distracción deseable para un estudiante universitario al que, se supone, se quiere transformar en un profesional integro y culto? Si se trata de distraer ¿por qué no se ponen salas de música y videotecas? Si se trata de informar ¿cómo puede alguien concentrarse seriamente en las noticias mientras almuerza? ¿Cómo puede alguien almorzar bien mientras ve mal las noticias malas de este país? ¿Por qué en las universidades no se ponen salas de prensa en donde se puedan ver diferentes noticieros y no el que alguien escogió por todos? ¿O es que se puede tener información seria sin tener diversas fuentes comparables?

Es la TV obligatoria, mala e inútil. Por eso nadie la ve de verdad pero toca a todos soportar su ruido detestable y obligatorio en universidades, aeropuertos, terminales, bancos y consultorios. Por supuesto no faltan los que están de acuerdo con el "acompañamiento" de la TV: son los que prefieren estar "acompañados" más por su ruido que por la gente. Que lo estén en sus casas y que se hagan espacios para ellos, como se hacen para los fumadores.

Columna publicada en el diario El País de Cali.

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