Es decir, además de su conveniencia de tiempo y lugar, como lo son cada ocho días las columnas de Antonio Caballero o Daniel Coronell en la revista Semana, siempre pertinentes. Pero igualmente son oportunas las que dicen cosas nuevas de viejos sucesos, como las de Héctor Abad en El Espectador, y desde luego las que hablan de otros lugares y cosas como las de Umberto Eco en El Espectador o Jorge Ramos en El País, por ejemplo.
Su asunto o materia es básico y, como dice el famoso columnista inglés Paul Johnson (Al diablo con Picasso, 1996), en las columnas de opinión no se deben tratar intimidades ni problemas personales ni familiares ¡hay quienes hasta dan informes sobre su salud! pero solo muy de vez en cuando es pertinente decir algunas cosas del autor. Sin embargo a veces sí que es necesario decir algo de las columnas mismas, y de ahí esta, precisamente.
Su redacción y estilo, su poesis (no su poesía, en la que no deben intervenir los correctores de estilo, igual que en el “exceso” de erudición), es clave como en las impecables columnas de Caballero, o las de Daniel Samper Pizano en El Tiempo. O las de Julio Cesar Londoño en El País o El Espectador, que se pueden leer por el puro placer de hacerlo pues son como buenos cuentos, y uno termina por enterarse de cosas buenas o malas y de las sesudas criticas que el autor les hace a esas cosas. Incluso algunas son puros cuentos (como, Ernesto Roth, de Londoño en El País, 25/10/2013).
Y está la extensión de las columnas: como se sabe, lo bueno si breve dos veces bueno. Pero desde luego se precisa de tiempo para escribir breve; ya lo dijeron Descartes, Pascal, George Bernard Shaw y Don Juan de Austria después de Lepanto para no cansar al Rey “con una misma lectura tantas veces”. Porque hay columnas que además de largas parecen aun mas largas, como las de William Ospina en El Espectador, quien parece que se tomara su tiempo no para hacerlas breves sino mas largas; como lo son todas las de los economistas así sean cortas.
Igualmente, la jovialidad y agudeza es indispensable en una buena columna, por lo que siempre deberían tener algo de humor. O mucho, como las de Klim, o ahora las de Daniel Samper Ospina, en las que uno se entera rápido de lo que pasa en Colombia y además se ríe. Columnas de humor las llaman, pero lo que son es con humor . Aunque a veces en las de politiquería, no queda sino la burla, y en temas como la arquitectura y el urbanismo sólo cabría el sarcasmo.
Finalmente, en las columnas sobre farándula, espectáculo, cine, moda, etiqueta o deportes -las mas leídas-, desde luego se debe también considerar tema, oportunidad, escritura, brevedad y humor; inclusive en las de sexo, que son pornografía disfrazada de erotismo, en las que el tema no es lo que saca la cara. Como eran de buenas esas en El Tiempo que comenzaban con tiernas preguntas como “¿Doctora, Ud. cree que hay algo malo en que les haga el amor y después me las coma?” “ No se preocupe -contestaba oronda la ilustrísima Dra. Lucía Náder- tome Alka Zelzer”.
Columna publicada en el portal de opinion www.programalallave.com. 02.12.2013
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