Pioquinto Concha, en su cuento La
oración del relojero, tiene la prueba
del sacrificio de la dama
conocida como La rosa del Egeo, pues la pandilla de Los bellos, El ángel y Mamá Kepler, una matrona babilónica, se dieron a la caza de San Francisco de
Transilvania, un antiguo problema
para ellos, pero el golpe con la lámpara, cosas de niños pensaron, los llevó a el divino dilema: el éxodo
o confesar la culpa con la consiguiente pesadilla en el hipotálamo. De lo que se ocuparon los gramáticos pero curiosamente también
los geógrafos.
Un somero análisis
de estos veintiún deliciosos cuentos de Julio Cesar Londoño, cuentero él -que como
todos los cuentos que en el mundo han sido son cuentos de otros cuentos- lleva
a veinticinco asuntos, cuentos ellos todos, agrupados en cinco temas; todo un
cuento largo: una novela en curso, pues.
En ellos es mas importante el como
se cuenta el cuento que el cuento que se cuenta, lo que ya es todo un cuento.
Son como un quinteto de cuerdas, cuyos instrumentos son palabras, datos, paisajes,
asuntos y gentes, y lo importante es la “música” que logran juntos. Es el
placer de leerlos; como es un placer oír composiciones contemporáneas, como Palladio de Karl Jenkins, pieza para dos violines, viola, chelo y contrabajo, un quinteto
clásico, pues no todos los quintetos están conformados de la misma manera; pero
eso es otro cuento.
Son cuentos, los de Londoño, mas
verosímiles que reales. Verdades que lo parecen o no. Mentiras que lo parecen o
no. O que no importa, porque lo importante es que lo parezcan…o no.
Precisamente de eso es que tratan los cuentos: mentiras revueltas con verdades
¿O no?
Cuando
Augusto Monterroso nos cuenta que "cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí" nos
parece una divertida mentira, un cuento; pero la verdad verdadera es que se
trataba de José Durand Flórez, apodado el Dinosaurio, que estaba llorando sus penas de amor, a
quien el amigo que lo acompañaba (se supone) lo encontró todavía llorando
cuando despertó al amanecer. Cosa que supo Monterroso, quien lo volvió puro
cuento. El cuento mas corto, dicen.
Los
Geógrafos y Los Gramáticos son el mismo
cuento pero repetido distinto, al punto de que parecen varios cuentos. Ya sean
los dos cuentos orientales; los dos locales; el gusano y el sabio, que suman
dos; y otros dos cuentos cualesquiera para completar ocho, y otros dos para
completar diez y así.
Son
cuentos mas inquietantes que interesantes, lo que es mas interesante. Dudas.
Aciertos. Preguntas. Información. Desinformación. O sea, todo lo que cabe en
los temas de siempre: el sexo, el amor, la muerte, los viajes, las epopeyas.
Para que mas.
Son
cuentos didácticos mas que ejemplarizantes. Se aprende por lo que no enseñan o
por lo que enseñan, claro, o porque se olvida lo que no importa, lo que casi
nunca se hace entre nosotros, o no se recuerda lo que si importa, lo que tampoco hacemos y es mucho
mas grave.
O
se aprende algo porque si ¿y que? Igualmente se aprende de la música -aunque no
se sepa bien que-, como acabamos de aprender de la de Karl Jenkins que nadie ha oído por estos rumbos. Al fin y al cabo el DRAE dice que cuento es un relato, generalmente indiscreto (¿?),
de un suceso. Por eso es qué las
moscas no van a cine, ni les interesan nuestros ídolos ni el balompié, pero sí
que tienen proyectos para zumbar de pronto al lado de nuestros oídos, de lo que
se deberían ocupara los biólogos y no los dramáticos y mucho menos los
geógrafos.
Columna publicada en el portal de opinión www.programalallave.com. 04.11.2013
No hay comentarios:
Publicar un comentario