12.12.2002 El sueño de Doña Rosita

Sin duda debemos estar agradecidos y mucho por los árboles que ella sembró y cuidó con pasión en La Recta, entre Cali y Palmira, principalmente en el separador pero tambien a los lados, a lo largo de muchos años. Fue una tarea ardua pues la banca de la carretera no era el mejor suelo para ellos y no contó casi con ayuda; por lo contrario, una vez hasta la asaltaron. Pero lamentablemente no se asesoró con expertos en autopistas (a lo mejor ni siquiera los había en esa época aquí) o simplemente con conocedores del tema, y se empeñó en sembrarlos muy cerca de los bordes de las calzadas aunque del entonces Ministerio de Obras Públicas le advirtieron su inconveniencia cuando todavía era oportuno. Paradójicamente la tenacidad que le permitió sembrarlos le impidió hacerlo debidamente.

Cuando los árboles crecieron comenzaron a afectar la base de la carretera y a ser golpeadas sus ramas repetidamente por los camiones dañándolos y ocasionando accidentes cuando la lluvia descuelga aun mas las ramas. Muy complicados de podar sin interrumpir parcialmente el tráfico, poco a poco los golpes fueron formando un “túnel” verde cada vez mas cerrado y monótono que angosta el espacio de las calzadas y las llena de sombras pequeñas y seguidas, y por eso molestas, disminuyendo no tanto la seguridad de la circulación (que se debería garantizar con bardas metálicas) sino la sensación de amplitud, imprescindible para los conductores en una vía que algún día, cuando sea una verdadera autopista, será rápida (su límite actual de 80 kilómetros que nadie cumple es ridículo) y tendrá tres carriles en cada sentido.

Por supuesto, la solución es quitar los árboles que están justo al lado de las calzadas y algunos de los que están muy juntos en el centro del separador pues es conveniente, igualmente por seguridad, que no esté totalmente oculto el tráfico en sentido contrario. Además no son indispensables para interceptar las luces de los carros por la noche pues el separador es suficientemente ancho y, en donde no lo es, es mejor taparlas con bardas metálicas. La realidad es que los pocos trayectos en donde hay menos árboles y están mas separados, permitiendo ver el paisaje detrás de ellos y a ambos lados de la vía, son sin duda mucho mas agradables y seguros y deberían tomarse como ejemplo para el resto.

Simplemente habría que ver como son las autopistas en otras partes y dejar de improvisar. En las verdaderas el tráfico se mueve a velocidades uniformes en calzadas de pavimento continuo con amplias zonas totalmente despejadas, curvas y pendientes suaves. Su seguridad está no tanto en limitar la velocidad máxima sino en establecer una mínima; por eso únicamente están autorizadas a vehículos que la puedan sostener, los que solo pueden parar en las bermas derechas en caso de daño, y por eso hay que evitar cualquier clase de obstáculos en la vía. Son estas las razones por las que imperativamente deben ser cerradas. Conducir por una autopista debe ser plácido no solo por el placer sino por la seguridad. Por eso existen bermas a ambos lados (y no solo la derecha para parar) y deben ser amplias sus cunetas y con el mínimo de objetos; a duras penas las señales verticales. Los árboles deben estar después, suficientemente retirados.

En La Recta hay que quitar, pues, los árboles que sea necesario quitar pero ni uno mas. No solo embellecen la vía sino que ya están allí y con mucho esfuerzo. Pensar en reemplazarlos por otros, como se ha dicho, deja la preocupación de si no estarán pensando en las maticas y florecitas que se encuentran en algunas partes del separador de la doble calzada de Buga a Tulua. De sus concesionarios no se puede esperar nada bueno como lo indica el hecho, que debería ser escandaloso, de que hayan iniciado nuevos trabajos pese a que irresponsablemente no han terminado muchos de los acometidos años atrás. Es como si no fuéramos capaces de mejorar las cosas sin dañar, destruir o abandonar lo que ya existe. Que vergüenza que no seamos capaces de hacer nuestro el sueño verde de Rosa Cadavid de Arboleda ahora que ya no está para defenderlo

Columna publicada en el diario El País de Cali 12.12.2002

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