Columna publicada en el diario El País de Cali 04.08.2005
04.08.2005 La estrategia del caracol
En la popular película de Sergio Cabrera la
argucia sirvió para que se desmantelara poco a poco una casa sin que nadie se
enterara, y al final las autoridades tuvieran que encontrarse no solo sin casa
sino con un vacío jurídico, cosa que a todo el mundo le pareció muy chistosa en
este país que aplaude la trampa. En la vida real esa estratagema sirve para que
muchas construcciones ilegales se terminen poco a poco en nuestras ciudades sin
que sus autoridades se den por enteradas, y al final tener un hecho creado que
ya pocos funcionarios se atreverán a hacer demoler pese a que así se los
demande la ley. Es el caso de la casa de San Antonio, en la calle cuarta entre
carreras sexta y novena (recordemos que allí no hay séptima ni octava), en un
barrio supuestamente muy protegido por su valor patrimonial. No solamente se le
esta haciendo un tercer piso, que ocupa la totalidad del lote, ambas cosas
absolutamente prohibidas en la reglamentación actual, sino que no cumple con
ninguna de las normas de sismoresistencia que son obligatorias por ley,
ateniéndose a que aquí “las cosas tienden a no caerse.”
Pero seguramente con un temblor fuerte, como el pasado, esa construcción
como de pacotilla se derrumbara sobre sus vecinos, los que solo entonces podrán
demandar civilmente a sus constructores y propietarios por los daños que desde
ya se sabe que se van a ocasionar, e incluso penalmente si alguien queda herido
o muerto. ¿Pero que responsabilidad les quedará al Alcalde y los Secretarios de
Planeación y Gobierno? ¿Y a la Subdirección de Ordenamiento Urbanístico que
finalmente, por presión de la S.C.A., ordeno con “carácter urgente” a la
Subdirección de Policía y Justicia (conforme al Articulo 215 del Código
Nacional de Policía, Decreto 1355 de agosto 4 de 1970), la suspensión
provisional de la obra, cosa que desde luego no se ha producido aun? El
resultado, sin duda, si lo hay, será que pararán nuevamente la construcción
mientras se calman las cosas, como ya lo hicieron en la Alcaldía pasada, cuando
al menos si se logro que los tramposos se detuvieran, pero de inmediato
reiniciaron los trabajos con la nueva Administración aprovechándose de que
ahora tal parece que ya nadie ve nada en esta desvalida ciudad.
La gente en general encontró divertida la película de Cabrera, pero en
realidad no se trataba de una comedia sino de la tragedia de una Locombia en la
que la ley no es la dura ley sino pura retórica con frecuencia cantinflesca.
Que lo digan todos los que aprovechándose de su ambigüedad e imprecisión,
contribuyeron, alegando el progreso y la modernización, a la desafortunada
destrucción de lo que había quedado del viejo claustro de la Carrera Sexta con
Calle Quinta (solo se salvo su iglesia, hoy abandonada y denominada San Martín
de Porres), después de la bárbara ampliación de la Calle Quinta, que cerceno a
San Antonio del centro histórico de la ciudad –lo que ya es un decir- con motivo de los Juegos Panamericanos de
1971, que pese a eso insistimos en celebrar como hubieran sido la gran cosa para
Cali. Y desde luego que lo digan los que no satisfechos con eso, si es que no
son los mismos, ya pasaron su acción demoledora al otro lado de la calle, a San
Antonio, sin que nadie se diera cuenta, en su muy personal, ignorante y taimado
entendimiento y práctica de la estrategia del caracol.
Columna publicada en el diario El País de Cali 04.08.2005
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